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Marta Hasbún en su geometría de sueños

Marta Hasbún exhibe su obra abstracta de bello y singular cromatismo en el Salón Pierre Daguet de Unibac.

Cada artista forja, con sus colores y volúmenes, una geometría de sueños. Marta Hasbún logra su propio alfabeto de colores y formas a través de la sincronía de líneas, círculos, triángulos, una geometría que evoca las formas sinuosas del universo y las ondas invisibles de la música.

Hace poco fui a ver la exposición de Marta Hasbún en el Salón Pierre Daguet de la Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar (Unibac), y al recorrerla tuve la impresión que su serena y armónica abstracción, que se sostiene con el solo prodigio de los colores y las sutiles formas, deviene de una larga y apasionada exploración de la figuración. Recordaba sus primeras exposiciones, en las que la figura humana era protagónica. En aquella exposición de los años ochenta del siglo veinte, me aventuré a decir que su pintura era como una danza invisible en el viento. Hay sin duda un influjo de Joan Miró, Kandinsky y Klee, que Marta Hasbún hace propios con su personal sensibilidad y manera de que los colores emprendan esta conversación de aparentes vacíos, silencios y emanaciones luz. Siempre intento conocer en cada artista sus propios orígenes y experiencias de infancia. Marta me confesó que su infancia había sido tranquila y alegre y la disfrutó mucho junto a su familia y a su vecindad. Le puede interesar: Mi amigo el Griot, un bello libro para niños

“Recuerdo que, cuando llegaba del colegio, dejaba rápidamente los libros en la casa para salir enseguida con mi hermana a reunirnos con las amigas a jugar y echarnos cuentos. Cuando acababa de cumplir doce años, murió mi padre en un accidente de carro, fue un golpe duro porque para mí fue un personaje a quien quería y admiraba. De mi padre heredé mi vocación por la pintura. Lo recuerdo dibujándonos y echándonos cuentos bajo la luz del atardecer o el anochecer, y donde muchas veces él era un personaje protagónico de la historia que nos contaba. Era un gran lector. Evoco en la entrada de la biblioteca del colegio una lista de libros que estaban prohibidos y entre ellos había algunos que mi papá tenía. Nunca me importó eso. Por parte de mi madre, tengo un pariente escritor muy conocido en México, apellido Murra. Desde niña, siempre la pintura me pareció fascinante, me compré libros sobre cómo dibujar rostros y ahí empecé a dibujar. Luego tuve una amiga que fue alumna del maestro Alejandro Obregón en Barranquilla, y con ella íbamos a los talleres de pintores para ver cómo era su mundo en sus talleres y luego no nos perdíamos de ninguna exposición, nos sentíamos con alma de artistas. El impresionismo me encantó, pero luego el expresionismo me sedujo. Cuando estudié en el Art Students League de New York, durante la semana me iba a las galerías y museos a ver las obras de Kandinsky, De Kooning, Motherwell y otros.

Eduardo Hernández, Marta Hasbún y Sacra Náder, durante la inauguración de la exposición de la artista en Unibac.//Foto: Óscar Díaz Acosta - El Universal.
Eduardo Hernández, Marta Hasbún y Sacra Náder, durante la inauguración de la exposición de la artista en Unibac.//Foto: Óscar Díaz Acosta - El Universal.

Génesis de los colores

Le digo a Marta Hasbún que al contemplar sus pinturas siento una plenitud interior. Son un bálsamo. En estos días en que he vivido momentos difíciles en familia, y he dormido poco invocando a los ángeles de carne y hueso de la salud cotidiana para mis seres queridos, sus pinturas han logrado apaciguar las noches de tormenta, y me han llevado a un reino similar al de los paisajes orientales en donde la sugerencia del silencio colma los espacios. Marta Hasbún me dice que ella cree que “los matices que he logrado con el color” se los debe a David Manzur... “Con él aprendí un camino de formas gracias al dibujo a lápiz, camino que me llevó a recorrer lo que luego he logrado con el color”.

Cada artista tiene un ámbito natural en el que se siente mejor para desarrollar su arte. Hay quienes forjan su universo estético en la soledad de sus talleres o frente a la soledad danzante de las olas.

A Marta le gusta pintar durante el día con luz natural. “Puedo pintar de 2 a 6 horas, todo depende de cómo me sienta involucrada con la pintura que estoy haciendo”, dice.

“Me siento muy bien cuando estoy con la naturaleza, la disfruto mucho, siento que las montañas están llenas de belleza y misterios, muchas de ellas nos muestran su interior sea de diferentes piedras y colores. Para mí pintar frente al mar es fascinante, pero tiene otro símbolo como el de permitirme soñar con otros mundos que están en otras orillas”, cuenta.

Soledad de la pandemia

Sé que los artistas trabajan en las soledades elegidas, pero también forzadas o en los confinamientos terribles que generan las guerras o las pandemias. Marta me cuenta que no dejó de pintar durante estos extraños, tormentosos y cruciales años de la pandemia que embistió al mundo.

“La pandemia, en un principio, me llenó de temor, pero seguí pintando y sintiendo que el tiempo se me alargó para pintar más. Tomé conciencia de que debíamos cuidar más de este planeta y no seguirlo maltratando, como si él no sintiera”, dice.

Y al volver a recorrer juntos la exposición que sigue abierta al público de Cartagena en estos ardientes y lluviosos días de julio, vuelvo a detenerme en algunas obras en las que percibo sentido de la armonía, la música y, otra vez, el sugerente silencio que se entreteje en sus geometrías de sueño.

Marta dice: después de tantos años de pintura, “después de tantos años de mucha búsqueda, comenzando con la figuración, siento que estas pinturas abstractas me representan”. Lea además: De escritores a políticos: cuando la literatura cae en la trampa del poder




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