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La historia de El Flecha, el personaje que nos esperaba en Lorica

Gustavo Díaz Naar, fallecido en 2015, inspiró al personaje El Flecha de David Sánchez Juliao. Se conmemoran 11 años de la partida del gran narrador de Lorica.

Parecía un capitán derrotado por el sol del puerto de Lorica, con su barba hirsuta salpicada de canas, su sonrisa de dientes torcidos y sus ojos pequeños de pájaro vivaz y su memoria de tiempos idos. Lo vi entrar a un bar donde entré después del mediodía y me saludó con una confianza abrumadora diciéndome Tocayito, porque había visto mi nombre en un periódico de la región. Pero cuando me habló de dos amigos comunes, Manuel Zapata Olivella y David Sánchez Juliao, dos de sus coterráneos más famosos, le dije que se sentara y conversáramos. Era Gustavo Díaz Naar. Lea aquí: David Sánchez Juliao: ¡para siempre!

Bajito y con una labia inagotable, todas sus historias iban a bordo de esas canoas que surcaban el puerto de Lorica o en esos camperos destartalados de la plaza o en esas carretas de bocachicos al pie del mercado. Era la primera vez que lo veía en Lorica. Pero regresé cada noviembre a la convocatoria del Premio Nacional de Literatura Manuel Zapata Olivella, que coincidía siempre un jueves o viernes 23 de noviembre, fecha del nacimiento de María del Carmen Serrano, mi esposa. Así que además de las veladas literarias, celebrábamos su cumpleaños frente al río Sinú, y mi sorpresa era que siempre que llegaba a Lorica al primero que veía, sin buscarlo ni llamarlo, era Gustavo Díaz Naar. Lo sentí desde un principio como una presencia que revoloteaba por la plaza como un cuento interminable a flor de labios. El personaje intrigante para mí estaba en todas partes, contando la historia interminable de sus andanzas por el mundo y sus sueños frustrados, pero había, en su voz y en sus nostalgias, una dignidad que había resistido el paso del tiempo, la amenaza de la pobreza y la tristeza insondable de los amigos muertos. Todo el mundo en el pueblo sabía quién era él, pero yo tenía mis sospechas de que podía ser uno de esos viejos cabrones de putas que merodean al atardecer en las plazas de nuestros pueblos buscando a alguien para rifar su soledad a sorbos de cerveza, pero nadie me dijo nada. ¿Quién es este personaje? Cuando alguien estaba a punto de decírmelo en medio de la barahúnda del bar que se llevaba la verdad de las palabras ripiando paseos de las sabanas del Bolívar Grande y del Valle de Upar, la historia verídica de Gustavo quedaba relegada para el final de la fiesta. Antonio Dumett, que fue uno de los grandes anfitriones de esos encuentros en Lorica, con nostalgias entre dos orillas, era en ese entonces el que más conocía los secretos de esos personajes populares que nutrieron de grandes ficciones a escritores como Manuel Zapata Olivella y David Sánchez Juliao. Lo supe tarde gracias a Dumett y a la legión de amigos cómplices de la convocatoria literaria anual que honraba la memoria del autor de Changó el gran putas.

David Sánchez Juliao fue el precursor mundial del audiolibro. Sus cuentos y novelas enriquecieron las letras de Colombia.

El Flecha entra al bar

Cuentan Antonio Dumett y sus amigos cercanos que David Sánchez Juliao entró al bar Tuqui Tuqui, en la plaza de Lorica, y allí encontró a un tipo dicharachero y feliz contando la historia de su sueño frustrado de boxeador y beisbolista; ese muchacho pobre era del barrio Kennedy, hijo de una lavadora de ropa de los ricos del pueblo. Eran los tiempos gloriosos de Cortijo y su Combo y la salsa antillana que resonaba al pie del puerto. La labia antillana de Gustavo era hipnotizadora, con sus jergas de cabrón y camaján del mercado y sus ingeniosas maneras de contar la realidad: “Lorica no descansa sobre un cementerio Zenú, sino sobre un manicomio chibcha”, “Soy el único boxeador del mundo al que bautizaron el día en que se retiró, fui el más veloz, el vuela más que el viento, El Flecha, peleé con El Puyanube Salcedo de Cartagena y con el Johnny González de Montería, la mano de piedra de Córdoba”, el contendor lo tenía atenzado a golpes y lo salvó que se fue la luz y aprovechó la oscuridad para huir. Al reencontrarse con el escritor, recordó que él había sido su profesor de historia en el Colegio Superior Lácides C. Bersal. Mientras él hablaba de las pirámides de Egipto, el narrador solo quería ser pitcher de la Selección Colombia, guarachero de Alejo Durán, portero del Junior de Barranquilla, cantante del grupo de los Hermanos Martelo o esparring de Pambelé. En su relato evoca a los temibles del salón: René Puche, Burrito e Totumo, El buche de pavo, El chicle Nomba, Salim Jattin, quienes en su travesura querían reformar los refranes del español.

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Para este personaje los pobres de Lorica estaban condenados a ser carpinteros, albañiles, carretilleros, porteros de cabaret, cabrones de putas viejas o vendedor de jaulas. La madre tenía una lengua terrible, y él decía que cuando muriera había que comprar dos ataúdes, uno para el cuerpo y otro para la lengua. Y se quejaba de que en su barrio la gente se malquería, como si comieran hígado de sapo molido y lengua de cotorra dentro del arroz. David Sánchez Juliao se sentó a escribir aquel relato hablado y logró dos hazañas: ser el pionero en el mundo de la literatura oral o del libro hablado que en ese entonces se llamaba Literatura Cassette, hoy, audiolibro. Al narrarlo, probó su inigualable virtud de narrador oral, imitando la voz de su personaje, su inconfundible humor Caribe que tanta falta nos hace, y al escribirlo, demostró ser uno de los mejores narradores del Caribe. Hace once años partió David Sánchez Juliao, pero le sobreviven sus cuentos y novelas, y sus historias contadas a flor de labios.

Epílogo

Una tarde me llamaron desde Lorica para decirme que había muerto El Flecha, uno de los personajes de David Sánchez Juliao. Le dije a Antonio Dumett y a sus amigos que me enviaran una foto para escribir una crónica. Hasta este instante lo supe, al ver a aquel viejo capitán derrotado por sus nostalgias, con su sonrisa de dientes torcidos y su picardía inagotable. Era el mismo. El que había cautivado con sus historias al mismo escritor. Era el infaltable y entrañable Gustavo Díaz Naar que siempre estaba en todas partes, y todos los noviembres en que regresábamos a Lorica, a escuchar la verídica e interminable historia de su efímera vida de boxeador. Lea además: Murió El Flecha, inspiración de David Sánchez Juliao

Una ruta para Sánchez Juliao
Con las historias de los escritores del Caribe: Manuel Zapata Olivella (1920-2004) y David Sánchez Juliao (1945-2011), nacidos en Lorica (Córdoba), se podría crear la Ruta de Manuel Zapata Olivella y la Ruta David Sánchez Juliao. Saber que los lugares descritos en los cuentos de David pueden tocarse con los dedos al pie del puerto de Lorica y sus personajes de carne y hueso: El Pachanga (1976) o El Flecha (1981) hasta hace poco, rondaban por las plazas del pueblo. Gustavo Díaz Naar, que se convertiría en el personaje de El Flecha, murió en 2015.



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