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La crisis de las limosnas, otro efecto del coronavirus

La ausencia de limosnas tiene en crisis a las parroquias católicas en Cartagena, que se han volcado a la virtualidad en medio de la pandemia por el coronavirus.

La espléndida e imponente cúpula de la Catedral Santa Catalina de Alejandría es uno de los símbolos más emblemáticos no solo de la iglesia católica en Cartagena, también es una insignia histórica de la ciudad amurallada. Uno de los templos más visitados podría sufrir las nefastas consecuencias que ha regado el coronavirus a lo largo y ancho del planeta, como uno de sus tantos efectos colaterales. Todas las parroquias de toda la ciudad, desde la más antigua hasta las más moderna colapsan económicamente y con ellas los párrocos, los sacerdotes, los trabajadores y, también, la feligresía, en parte, sufren en medio de la crisis económica que deja el COVID–19, que no diferencia entre justos y pecadores. (Le puede interesar: Iglesia Católica suspende misas de los domingos por el coronavirus)

Momentos difíciles

¿De qué viven las parroquias y sus sacerdotes? Pues bajo un sistema basado en el autosostenimiento de cada una de las iglesias. “Esencialmente, de las limosnas”, responde Monseñor Jorge Enrique Jiménez, Arzobispo de Cartagena. Los párrocos, quienes cargan en sus hombros la responsabilidad de administrar las parroquias, deben organizar actividades para mantenerlas, pues “no bastan las limosnas para sostenerlas”, añade Monseñor. Por ello deben acudir a rifas, bingos y donaciones. Y a los estipendios de los sacramentos, aquellos recursos que provienen de misas, bautizos, matrimonios y demás. “La situación de las parroquias también depende de la zona social donde estén”, precisa.

Un 70% de las parroquias de la Arquidiócesis son autosostenibles y deben ayudar al resto, es decir, a las que no pueden sostenerse por sí solas y dependen de la misma curia para existir. En estos tiempos todas están en crisis. Además la dinámica económica de la Arquidiócesis depende de un equipo que administra sus bienes. “Nosotros dependemos de un ingreso, que es de unos locales propiedad de la curia, que tenemos en arriendo en el Centro de Cartagena, para ayudar a las iglesias a sostenerse. Pero ahorita, en el Centro todo está cerrado, los ingresos de esos arriendos se han visto afectados en un 60%”, explica el sacerdote Nelson Serrano, párroco de Santa María del Mar, del barrio El Laguito.

La Arquidiócesis ha hecho rebajas del 50, 40 y 30% para que sobrevivan los negocios que ocupan esos locales. “Ayudarlos para que se sostengan en el tiempo”, agrega el padre Serrano. El panorama no es alentador. “La crisis actual de las parroquias y de los recursos de los sacerdotes tiene muchos problemas porque la base son las limosnas y, si no hay celebraciones, misas, los recursos son mínimos, mínimos, mínimos”, comenta Monseñor.

El patrimonio olvidado

La ciudad Heroica tiene muchos monumentos, entre ellos las parroquias católicas, consideradas patrimonio de la ciudad y de la Nación. “No nos ayudan a intervenirlas y mantenerlas es muy duro (costoso). El dinero que entra no nos alcanza para eso”, comenta Serrano. Por ejemplo, fumigar la Catedral de Cartagena puede costar 10 millones de pesos al año; mantener sus muros, $8 millones mensuales y lo mismo sucede con el resto de templos del Centro. “En este momento, que se cancelan los matrimonios -una fuente de ingreso-, por ejemplo, en la Catedral necesitamos una intervención de aproximadamente 300 millones de pesos y no los tenemos. A la torre de la Catedral, que es el emblema de la ciudad, tenemos que invertirle 40 millones de pesos para el mantenimiento de las luces y no los tenemos. Es un bien de todos, pero no nos ayudan, nos ponen siempre trabas”, añade Serrano. La parroquia de San Roque, en Getsemaní, fue intervenida, una parte de su cubierta corría riesgo de colapsar y “estamos en este momento parados porque no tenemos cómo, la iglesia de la Trinidad tenemos que hacerle una inversión de 300 millones de pesos en la cubierta, pero no tenemos tampoco”, asegura. “La Catedral es la que más me preocupa, acabamos de intervenir la nave central pero, ahorita, el mismo problema que estaba en la mitad está en las naves de los lados, el presupuesto es de 300 millones de pesos, probablemente en dos o tres meses tengamos que cerrar porque comience a afectarse el techo de las naves. Y todo lo de la pandemia afectó, porque de alguna manera había recursos que ayudaban a sostenernos pero que ahora no tenemos”, destaca Serrano. El mayor gasto de la curia se distribuye en eso, en mantener los monumentos históricos, pero también en el Seminario Mayor San Carlos Borromeo, en Turbaco, y en las parroquias que no son autosostenibles. “Mensualmente sostener del Seminario cuesta unos 95 millones de pesos, las entradas están reducidas en un 45%”, aseguran.

Ayudar, para ayudar

“Aquí, en Blas de Lezo (Parroquia Nuestra Señora de La Consolata), también tenemos un problema con el techo que es de más de 50 años y lo tenemos afectado por las lluvias. Vivimos tres sacerdotes, de los cuales dos trabajan. 3.500.000 pesos nos estamos gastando mensual, aproximadamente, incluyendo el pago a los tres trabajadores que tenemos y el de la luz, que es alto. Vamos alcanzados, pero vamos en la lucha”, sostiene el párroco Isidro Ramos. “Si es duro aquí, en Blas de Lezo, ya te puedes imaginar en otras parroquias. La situación en los pueblos como Marialabaja es más complicada”, lamenta. Muchas personas intentan ayudar pero la misma crisis se los impide, otras llegan a ellos buscando ayudas, aunque estén en crisis. “Debemos atender las necesidades de los más vulnerables. Hemos intentado acompañar a muchas familias con los mercados, a través del Banco de Alimentos, y nos quedamos cortos porque todos los días hay gente tocando la puerta”, cuenta el padre Ramos. Pese al distanciamiento social, Monseñor Jiménez asegura que la fe en esta ciudad, mayoritariamente católica, está más viva que siempre. “No hay dudas: estamos conectados y me atrevo a decir que en general la comunidad católica se siente acompañada, ha sido increíble la respuesta, tenemos más cobertura que en los tiempos que llamamos normales”, puntualiza el arzobispo. En estos tiempos, tan complejos y extraños, la fe mantiene su llama viva.

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