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Herbert Protzkar, en el designio del poema

La noche del accidente absurdo del 21 de mayo me llamó Herbert con la dulce y embriagada ansiedad de su voz, poco antes de que se cayera del pretil que desencadenó su muerte...

Herbert Protzkar Andrade (Cartagena, 1957-Cartagena, 2022) murió el viernes 3 de junio, luego de un accidente absurdo al caerse de un pretil de más de un metro de alto, en donde se golpeó fuertemente la cervical. Fue en la noche del 21 de mayo. Luego del golpe, no sentía su cuerpo. Fue llevado a cuidados intensivos.

Le operaron el jueves y todo parecía mejorar. Estaba consciente y esperanzado. Pero el viernes le sobrevino el paro cardiaco. Al conocer la devastadora noticia de su muerte al atardecer del viernes, quedé enmudecido y sumido en una desoladora tristeza. Reviví los primeros años de una larga y antigua amistad de más de cuatro décadas. Y empecé a releer sus poemas que siempre percibí de una belleza hermética, invocadora de universos en donde el azar nombraba las paradojas del amor y la muerte. Lea aquí: Fallece el poeta cartagenero Herbert Protzkar Andrade

En su poemario ‘Pulsaciones del tedio y la vigilia’ (2019), publicado por Ediciones Espejismos, me detengo a leer el poema ‘De nada vale’, el poeta sentencia que “de nada vale la plenitud de la hierba/ si la fealdad del corazón/ es quien toma/ de los elementos del desastre/ el flujo del dolor/ eclipsando las quimeras”. Esos versos podrían describir el absurdo de la noche fatal que lo llevó a la muerte. Con la caída del poeta de ese pretil donde entró a la parálisis y en la antesala de la muerte, para decirlo con sus propias palabras, “se eclipsaron las quimeras”. Se detuvo una espléndida existencia literaria en su fecunda y vertiginosa madurez. Herbert había batallado con cerca de dos décadas de silencio creativo, en el que consagró su vida al estudio de la filosofía en la Universidad de Cartagena, en la docencia y en el retiro misterioso de los círculos literarios. Sus amigos extrañamos ese destierro elegido e intuimos que estaba gestando una silenciosa obra que años después vimos reaparecer con un entusiasmo inusitado, como si Herbert hubiera quebrado el hielo de tantos años, y hubiera regresado con más ímpetus no solo como creador sino como editor de la revista Epigrama, una de las mejores del Caribe colombiano y del país.

Premonición de la belleza

Todo poeta es un clarividente de la belleza y del azar que nos reconcilia con los enigmáticos designios del cielo y la tierra. En toda su poesía hay una invocación de la noche como espejo del milagro y también del misterio que nos acerca a la muerte. En su poema ‘La caída de un hombre’, de su poemario ‘Pulsaciones del tedio y la vigilia’, el poeta talla sus presagios más altos y elegíacos, y sentencia que “tal vez ha nacido para caer/ desde siempre/ entre los adustos arcos de la vida/ y la cal que acicala/ sus emblemáticas sierpes”. Pero en el poema similar a la noche de su fatalidad aparece la calle que, según él, será siempre su “morada fugitiva / su reino de ruinas y escombros”.

En su poema ‘Funeral y sátira de la risa’, llega a ver la muerte como los días que se aproximan a la estación donde un ser está en “la cama y yace sin movilidad y sin tiempo”. Hay una insistencia en la muerte y en lo inexorable en este poemario publicado en julio de 2019. Las pulsaciones se encaminan a la vigilia y a las máscaras imprevistas de la muerte. Pero el tono elegíaco está en muchos de sus poemas de sus seis libros: ‘Desde todos los vientos’ (1990), ‘Elementalidades’ (1991), ‘Poemas de origen’ (1993), ‘Elogios de la luz’ (1995), ‘Saudades del olvido’ (1999), ‘La máscara de los días’ (2019).

Hay una nostalgia de la vida que se esfuma, hay una nostalgia de la eternidad del instante, hay una nostalgia que nos remite a la despedida. Es una constante. El amor, el olvido, la muerte.

Herbert deja inéditos el libro de poemas ‘El espacio perdido o limitaciones del vuelo’, traducido al inglés por él mismo. Si releemos sus poemas de Epigrama, edición 13 y 14 de 2020, leemos el poema ‘Para morir basta’, en el que Herbert sentencia que “para morir basta la sombra ligera de tus animales/ de presa creciendo a la deriva”. “Para morir también basta que tu cuerpo/ renuncie a no morirse de tiempo ni de olvido”. Y al leer sus poemas en Epigrama, edición 15 y 16 de 2021, Herbert nos sorprende con la premonición de su muerte repentina en ‘Cabalgadura de reo de la muerte’, poema dedicado a su amigo el poeta Juan Manuel Roca. El poema se inicia con este verso: “Me duele tanto el ronroneo de las calles/ las convulsionadas esferas de lo muerto”. Y en los versos finales, la muerte se describe en los mismos ámbitos de su propia muerte: “Surcando los caminos de la muerte/ con dos o tres anaqueles de viento”. Y en la ‘Parábola de los puñales’, la metáfora de la noche como preludio de muerte aparece idéntica a su final: “Hasta aquí han llegado los cristales rotos/ por el grito en el alto filo de la noche”.

La heredad del poeta

Compartí por años aventuras y complicidades creativas, de lecturas y amigos de Herbert, desde los lejanos años ochenta del siglo veinte en que nos reuníamos los sábados al mediodía en su casa y leíamos poemas. Era un privilegio escuchar aquellos poemas de Herbert y Kelly León Menászas. El común denominador eran las imágenes que atravesaban las oscuras praderas de la muerte. Herbert en aquellos años era ya una sorprendente criatura que vivía y soñaba en poesía, poseído por el resplandor y la pasión de la poesía. Uno de sus predilectos de aquellos años era Álvaro Mutis. Herbert tenía un gallinazo como mascota en el patio. La imagen del carroñero nutrido de la muerte era ya una metáfora pavorosa y real en la casa del poeta. Herbert era un niño gigantesco cuya ternura explosiva podía llegar a límites inesperados bajo la embriaguez del poema. Sensible y generoso, puso al servicio de la poesía del Caribe y del resto de Colombia su revista Epigrama, en cuyas páginas publicó a los veteranos y a los iniciados en el arte de la poesía. La noche del accidente absurdo del 21 de mayo me llamó Herbert con la dulce y embriagada ansiedad de su voz, poco antes de que se cayera del pretil que desencadenó su muerte. Su saludo afectivo, que ahora comprendo como una despedida, me prometía que ya no volveríamos a alejarnos tanto tiempo, y que la vida recobraría el ritmo mágico de aquellos atardeceres en que compartíamos junto a Kelly León. Ahora los dos amigos del alma son una sombra imborrable e inolvidable en la pared de aquellos días en su casa.




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