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El bolivarense que fue arrastrado por las drogas hasta en Ecuador

Esta es la historia de un joven bolivarense que recorrió Cartagena, Bogotá, Venezuela y hasta Ecuador, dominado por el infierno de los alucinógenos... su salvación: la cocina.

Víctor nació en Santa Catalina, Bolívar, y vivió gran parte de su adolescencia en Cartagena. Ha recorrido Venezuela, Bogotá y el último viaje fue a Ecuador en busca de nuevas oportunidades, pero terminó en el bajo mundo de las drogas.

Con voz suave, pausada, me dijo a través del teléfono, cuando recién llegaba en la noche de su trabajo, que su testimonio es el reflejo de que los milagros existen. También confesó tener un talento innato en la cocina, pero que todavía necesitaba sanar heridas que lo conducen a la adicción. Esta es su historia.

Su raíces indígenas y guajiras enamoran a hombres y mujeres que se embelesan por su belleza. También hay quienes dicen que tiene cosas de brujo. Él lo niega. Se caracteriza como un fiel creyente de Dios.

En su adolescencia, vivió en Cartagena y recuerda que buscaba lugares enmontados, cerca del barrio 20 de Julio, para drogarse y reunirse con una reconocida banda delincuencial.

Vi cosas que nadie debería ver en medio de la oscuridad: violaciones, torturas... muchas cosas que me traumaron”,

dijo Victor.

Lo anterior ocurrió en los tres años que estuvo “perdido” en la cocaína y el perico de forma descomunal. Para ese entonces vivía con una amiga travesti, también drogadicta, y al desalojar el apartamento -que era compartido por ambos para pagar – ella se dirigió al joven de 27 años con estas palabras: ‘el día que te mudes de aquí vas a vivir arrastrado como una culebra, de aquí para allá y de allá para acá’. Víctor está convencido de que aquella “maldición” lo marcó.

Víctor no comía ni dormía. Dijo que parecía “un alma en pena”. Estuvo en parches donde lo sonsacaban, le tiraban a matar con cuchillos y machetes, pero ese mismo entorno en el que estaba lo enseñaron a defenderse y pelear “su territorio”.

“Un día un amigo me vio y lloró. Me abrazó fuerte y me dijo: ‘¿qué te pasó, por qué estás todo golpeado, si tú eres bien bonito?’ Quedé con eso que me dijo, me veía al espejo pero estaba ciego. Solo pensaba en drogarme y drogarme. Después otro amigo me ayudó llevándome a su casa, puse de mi parte y la adicción fue disminuyendo. Hasta la aborrecí (la droga)”.

En Ecuador

La oportunidad llegó a su puerta: irse a Bogotá para trabajar como jefe de cocina en una pizzería, recomendado por una amiga que era mesera, quien no ignoraba la adicción de su amigo y le advirtió que si probaba drogas en la capital iba a parar en las calles. Haciendo caso omiso, Víctor terminó en el Bronx.

“Como yo tenía muchas deudas me fui a trabajar a Bogotá en el restaurante, pero el horario era desde muy temprano en la mañana hasta la madrugada, con la condición de que me descontaran todos los días y pagar las deudas que me dejó la droga tras la recaída de tres años”, recordó. Lea aquí: El terror que no sale en las guías turísticas de Cartagena

Esa amiga de Bogotá renunció del negocio y viajó a Ecuador para trabajar en un restaurante. Le sugirió a Víctor que se fuera con ella pero él se negó. Cuatro años después se contactaron y emigró al país suramericano.

“Me fui a Ecuador a trabajar, pensando en ganar más dinero y pagar mis deudas. Allá duré dos años sin probar droga, sin embargo, comencé a frecuentar con malas amistades. Uno de ellos me ofreció una piedra llamada plop plop, que en Colombia se conoce como bazuco, y me negué. Pero... con el tiempo me decepcioné al quedar desempleado porque en Ecuador desde febrero hasta mayo son días malos. Allá todos mis conocidos consumen muchísima droga. En cada lugar. En cualquier esquina y estrato. La droga es una porquería y yo caí en ese país”, reconoce.

Retomó fumando marihuana e ingiriendo cocaína.

Cinco meses después se relacionó con la mafia hasta llegar al “piso”. “Era un desechable, un reciclador, dormía debajo de un puente... hasta que un día les tumbé la tabla a los compañeros, uno de ellos era cristiano y recayó. En ese momento caí de rodillas y rogaba: Dios mío, aleja a estas personas de mí, por qué hice esto, ayúdame a ser como era antes, porque eso sí: antes sí fumaba marihuana, pero estaba bien presentado y limpio... Hoy puedo decir que Dios me ayudó a regresar a mi país.

Víctor estaba seguro de que al pisar tierra colombiana no volvería a la adicción, pues asegura que en Ecuador la tentación es mucho más alta y que para esas personas es difícil parar.

“Llamé a mi amiga pidiendo ayuda para llegar hasta la frontera, que apenas mis papás supieran que estaba ahí me enviaban los pasajes colombianos. Entonces, al verme sucio y flaco se puso a llorar, me embarcó con su esposo y me hicieron salir de Ecuador”, recordó. Le puede interesar: La cartagenera que perdió su casa por el desplome de dos árboles en La Popa

Hoy, Víctor reconoce que fue Dios quien lo trajo de regreso a su pueblo, donde se alojó en casa de su tía... durmiendo, bañándose y comiendo dignamente... pero su pasado aún no lo borra. Reconoce que su cuerpo aún no se ha liberado de las drogas y que está dispuesto a ingresar a una fundación.

Por el momento se encuentra trabajando en lo que más sabe hacer: cocinar, y con apenas cuatro meses le hicieron la propuesta de dirigir como chef.

“Tengo una sazón única, recetas exclusivas, platos especiales (...) He participado en competencias con chef profesionales. Me dicen que tengo un talento que da miedo... Eso es lo único que me alivia de los traumas de mi niñez que me atormentan y hacen que me drogue”, puntualizó el joven, quien a pesar de asumir una avalancha de problemas, siempre dibuja una sonrisa en su rostro.

* Nombre modificado.




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