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Dos cuentos: Una noche, dos historias y la misma lluvia en Cartagena

Mientras muchos duermen, la noche trae consigo encuentros que dejan una huella indeleble ya sea por el éxtasis o por el escozor.

Buscaminas

Nosotras las mayores de 30 sabemos que cuando cae la lluvia en esta ciudad, caminar por las aceras se convierte en un juego de buscaminas. Las baldosas bailantes disfrutan con mojar botas de pantalón y tobillos de caminantes. Mientras iba rumbo a la estación de buses, uno de esos malditos apliques me rompió el tacón izquierdo. Lea también: Cuento de terror: Los niños del manglar

Era tarde. Muy tarde. Salí de trabajar como siempre, a la hora que esta ciudad bosteza. Me resguardé bajo el techo de cinc de la entrada de una ferretería o una panadería. No recuerdo bien. Lo que sí me acuerdo es que ese maldito techo parecía un colador de pasta. En medio de la oscuridad, mi cara la iluminaba la pantalla de mi celular. Esquivando gotas, pedí un taxi.

Pero no llegó ninguno. Aceptaban el servicio y luego cancelaban. No tenía mucho dinero, por eso mis ofertas no eran atractivas para esos cerdos usureros de la noche. Escuché un pito. De eso sí me acuerdo muy bien. Sonaba como una vaca rumiando. Qué gran hijo de puta. Seguro cree que es el gracioso de su barrio.

Siete días antes por fin viví un fetiche que siempre vendí como anhelo. Tres cervezas y un encuentro con un sujeto del pasado, asiduo a los sitios donde sacié mi deseo, fueron el impulso.

—Mami... ¿pande vas?

—Para el Bosque... los edificios rojos.

—¿Cuánto pagapallá?

—Diez mil, pero al llegar a portería puedo prestar para darle más.

—Linda, yo tengo dos hijas. Súbete. Deja así esa vaina.

Metí el celular en el morral y corrí hacia la puerta trasera. Abrí y cuando iba a entrar... una mano que parecía una lija mojada me cogió del cuello y me tiró dentro del taxi. Grité en el acto. Le lancé una patada a una figura que la oscuridad enmascaraba. Mi tobillo fue retorcido como trapo mojado. Me desmayé. Recuerde aquí: Rumbas y aglomeraciones: La vida nocturna del Centro Histórico

Cuando recuperé la consciencia, mis ojos se encontraron con las gafas de pasta negra del taxista en el retrovisor.

—Linda, él es inofensivo. Es mi hermanito que le gusta andar las calles y a esta hora lo recojo para que duerma bajo techo. Él es inofensivo. Es tierno, mírale la carita.

Al escuchar eso, volteé lentamente mi cabeza hacia el descrito como un príncipe. Me sonrió y me sacó la lengua. Comenzó a pegarle al cabecero de la silla del copiloto, mientras se echaba unas carcajadas. Un fuego quemaba mi tobillo. Mi morral seguía sin abrir. De mirarlo pasé a observar por la ventana a su lado para identificar por dónde íbamos. Me perdí en avisos de neón que pasaban como estrellas fugaces. Pedí el deseo que no me violaran. Que no me mataran. Perdida en la ciudad que pasaba como una película por el vidrio con gotas, el tierno se volteó hacia mí. Alzó su mano derecha como si levantara algo en el aire. La oscuridad no me dejó identificar. Me sonrió y sopló una especie de polvo. Mirando a ese monstruo de ojos verdes todo se apagó.

Lo que me quitaron esa noche hizo que dejara el cigarrillo. Ya no puedo hacerlo. No estoy traumatizada, pero no sé cuándo volveré a reír sin que me duela todo.

Siete días

Siete días antes todo fue diferente; pero esta noche terminó siendo como siempre. Combatía el entumecimiento de los dedos con un vaho apestoso a cigarrillo y ron. Todos los viernes son así. Una rutina que agoniza y que se toma dos días para regresar con más fuerza. Ante la impotencia, o más bien la cobardía, de meterle un palo en los radios a la monotonía, tomo, fumo y me entrego a la noche.

Siete días antes por fin viví un fetiche que siempre vendí como anhelo. Tres cervezas y un encuentro con un sujeto del pasado, asiduo a los sitios donde sacié mi deseo, fueron el impulso. Nunca había ido a un sitio así y siempre me burlaba de quienes los meseros ya les dicen “doctor”. Pero el escupitajo me cayó en el ojo izquierdo. Esa noche conocí a alguien con el perfil que tanto había deseado, en secreto o a viva voz, cuando la testosterona, la nicotina y el trago están alrededor.

7
días antes yo afirmé que era mi primera vez y ella me calentó aún más cuando me dijo que nunca se había entregado así en su horario de madrugada.

Siete días antes incumplí todo tipo de reglas. Rogué por rozar mi lengua con la de ella. La besé incluso en la frente. La miré a los ojos con amor y ella me preguntó si firmaba en papel todo eso que le dije. Al momento de la limpieza, nos abrazamos en la ducha. Sus vellos picotearon mi cuerpo. Un lago se formó entre mi pecho y el suyo. En el charco juro que vi la luna, aunque no era blanca sino de neón rosa. Tocaron la puerta de la habitación.

Siete días antes yo afirmé que era mi primera vez y ella me calentó aún más cuando me dijo que nunca se había entregado así en su horario de madrugada. Con el escozor en la cara, caminé a mi casa. Mientras el himno del país sonaba, me tiré a la cama y en el techo repetía el dilema. Escenas, sida, besos, condón, abrazos, billetes, amor, picazón.

Mi cuerpo arrumado como un esmoquin en su forro. Confusión y delirio. Secó sus lentes con la blusa y en el escote evoqué el lago de la ducha. Yo estaba tirado en el asiento con la misma pose de Andy García cuando salvó al bebé en Los Intocables.

Siete días después, la rutina siguió siendo la misma. La monotonía reclamó su trono y como borrego me entregué, como siempre, al engranaje social. Ni las rondas de Bacardí ni fumar como presidiario me la sacaron de la cabeza. Al reencontrarme con la noche, busqué su nombre en una red social y, luego de observar su vida con hijos a bordo, le escribí: “Esta es una de las cuentas de políticos que manejo. No sé si me recuerdas, pero llevo siete días queriendo observar mis ojos en los vidrios de tus lentes”. La lluvia arreció y con ella el frío. Ni gatos ni gente en los andenes. El taxi demorado. El burdel estaba a dos cigarrillos. Dos luces convirtieron a las gotas en luciérnagas. Me puse el morral de caparazón y corrí para abrir la puerta. Antes de entrar sentí unos dedos de muerte. Fríos, mojados y huesudos. Me tomaron del cuello y me empujaron a la parte trasera del taxi.

—Aja hiweputa, ¿qué verga te pasa? —Gritó el conductor.

—Es un juego entre maridos —respondió con cantadito venezolano.

—Mira esa cagá.

Mi cuerpo arrumado como un esmoquin en su forro. Confusión y delirio. Secó sus lentes con la blusa y en el escote evoqué el lago de la ducha. Yo estaba tirado en el asiento con la misma pose de Andy García cuando salvó al bebé en Los Intocables. Ella se puso los lentes y acercó su rostro hacia mí.

—¿Los ves?

—¿Qué vaina?

—Tus ojos.

—Más allá de lo sabrosa que viene siendo esta vaina , ¿cómo me encontraste?

—Con papeles en regla, soy ingeniera de sistemas experta en seguridad cibernética.

—¿Y ahora qué?

—La maleta se está mojando.




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