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Dina Castillo, una chelista en Turbaco

La chelista turbaquera Dina Castillo González es la autora de Cantos de la luna en el Amazonas, una obra conectada con los secretos de la naturaleza.

Dice que la música fluye entre sus venas. Su bisabuelo paterno era trompetista en una banda de viento de San Pelayo. Ramón Castillo, su padre, nació en Turbaco. Rosario González, su madre, en San Antero. Ella se recuerda cantando siempre, desde los cantos litúrgicos y los coros de la iglesia de Turbaco, en donde nació el sábado 12 de julio de 1986 a las 11 de la noche. De sus padres dice que ha heredado la nobleza, sencillez y afecto de su madre, y el temple decidido de su padre. Mientras la madre es muy emocional, el padre es firme y tiene la obstinación de que cuando dice no, es no. Ella comenzó sus estudios musicales en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena, en su transición a institución universitaria. Ella quería estudiar violonchelo, pero no había profesor de violoncelo en ese entonces, sino profesor de contrabajo. Sus maestros contrabajistas fueron Adalberto Marrugo e Ignacio Reyes. Llegó de España el profesor Diego Valbuena, violonchelista, y él impulsó la vocación de Dina por su instrumento, al tiempo que se destacaba con su magnífica voz. Todo empezó cuando Jesús María Ruiz, trompetista de la banda de Repelón, Atlántico, llegó a tocar en las fiestas de corralejas de Turbaco, y se enamoró de Esther, su bisabuela, En su casa se encantaban escuchándola cantar, le decían La Piponcita, porque siempre fue delgada. En el Instituto Musical de Bellas Artes tuvo de profesora a la soprano Margarita Escallón. Su madre quería para ella un destino distinto a la música, temiendo que una mujer que eligiera la música pasaría menos tiempo en casa. Le sugirieron que se matriculara en Odontología, pero ella se resistía, y al hacer el examen, no lo pasó.A Algo dentro de ella se oponía al destino de odontóloga, mientras que al matricularse en Bellas Artes y hacer el examen para inscribirse en piano, el director Rupert Sierra le dijo al poco tiempo que había aprobado, y que al verla tuvo el pálpito de que aquellas manos largas eran las de una chelista. Desistió del piano luego de un accidente que le inmovilizó uno de sus dedos, y el instrumento la estaba esperando desde antes de entrar a la institución. Rupert le trajo el chelo y al entregárselo en sus manos dijo con una ceremoniosa convicción: “Tú vas a hacer chelista. Apenas lo escuches cantar, verás que es el amor de tu vida”. Al evocar estas palabras siente que en verdad ha sido un amor que no la ha defraudado en su vida. El chelo le depara una serenidad balsámica. Dina ha participado en las clases magistrales del Cartagena Festival Internacional de Música.

Las músicas ocultas

Al acariciar el violonchelo, Dina ha emprendido un largo camino de exploración y vigilia de las músicas ancestrales y las músicas del universo. No se ha limitado a interpretar a Bach, al que considera el más grande y sublime de los músicos, y no se ha quedado atrapada en el hechizo de la música clásica europea y las músicas de América Latina, y el impacto que le ha deparado la chelista de origen coreano Yo-Yo-Ma.

Ella se ha internado en los senderos ancestrales de la música, luego de una vibrante y sugestiva experiencia por la selva y el corazón del Amazonas. De ese viaje al Amazonas, compuso “Cantos de la luna en el Amazonas”, que surgió de su contacto con el bosque, el río, la música de las aguas, el ritmo de las espesuras y el canto nocturno de los pájaros. Su obra musical, dice ella, recoge la vibración de la selva y la espiritualidad de los chamanes. En el arca de la memoria, ella llevaría los sabores de la tierra, los manjares del pescado, los sancochos, las frituras del Caribe, los álbumes de su familia, de sus dos hijos Gabriel y Noa Madiba, y por supuesto, llevaría su violonchelo. Ahora, mientras toca su violonchelo bajo la luz del atardecer en la Casa de Bolívar. en un acto poético en homenaje a la afrocolombianidad, su música acompaña el ritmo poético de Alfredo Vanin que trae la música del Pacífico en sus versos, el latido del corazón de Guapi; la música de la barriada de Getsemaní, de Calle Lomba, en los versos de Pedro Blas, y los poemas intimistas y existenciales del poeta Martín Morillo, también de Getsemaní. Al deslizar sus manos por las cuerdas de su violonchelo suenan pájaros que nadie ve entre las hojas detenidas de los árboles adormecidos en el sopor del invierno. Niurka Rignack, la moderadora del evento, sorprendida ante el sutil canto de cuatro pájaros mientras Dina tocaba el violonchelo, creía que la música la había diseñado ella para que acompañara su concierto, pero supo que eran los mismos pájaros que sonaban cuando tocaba su concierto evocando a la selva. Es como si la naturaleza en su hermética complicidad la acompañara en sus conciertos que tocan el alma de la selva.

Tocada por la sorpresa

Dice que su abuela paterna Carmen Castellar que ahora le sopla secretos desde la otra orilla celeste, sabía sorprenderla con milagros el 12 de julio, día de su cumpleaños. La abuela adivinaba qué la haría feliz ese día. Un perfume. Un vestido de colores en todos los matices de azules, desde el aguamarina hasta el turquesa y el aguamarina. Su esposo canadiense la sorprendió con el regalo del violonchelo que cruzó el mar hasta llegar hasta sus manos. Decidió bautizar a su hijo Noa pensando en el nombre bíblico de Noé quien construye el arca, y Madiba, en homenaje a Nelson Mandela. El niño tiene dos años, pero ya tiene el ímpetu de sus nombres. Le fascina dormirse escuchando en voz alta, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Guardiana cultural

La música no es la única faceta de Dina Castillo González. Ella es la coordinadora de cultura en Turbaco, y lleva las riendas de los designios artísticos de la región, a través de la Casa de la Cultura de Turbaco, incentivando el talento entre niños y jóvenes de la comunidad. Dice que hay mucho por hacer en Turbaco. Además de una inmensa reserva ecológica como el arroyo de Mameyal, hay una serie de lugares que formarán parte de la nomenclatura de la ruta cultural, como la casa donde se alojó Alexander Von Humboldt, donde vivieron los virreyes en la colonia, y donde también vivió el general Antonio López de Santa Anna. Pero no solamente ellos: los lugares en donde ha nacido una tradición musical que ha estado en hombros de grandes músicos de la estirpe de los Arnedo, Fortich, Sotomayor, entre otros. Esa tradición cultural es la que ella quiere fortalecer y hacer visible a las nuevas generaciones.

Tocar entre flamingos

Dina ha tocado su violonchelo en los escenarios más insospechados. No solo en conciertos nacionales e internacionales en Cartagena. Lo ha hecho frente al mar, y en la selva, pero también dentro de una jaula de flamingos, en la recepción cultural de un crucero en el puerto local. donde se desafió así misma, tocando sus sinfonías. Cuando alguien preguntó quién se atrevería a semejante experiencia de tocar en una jaula de flamingos, todos susurraron su nombre: Dina. La experiencia de orbitar en la magia de la magia con los flamingos, era una prueba a sus sentidos y a su creatividad., una sinergia y una conexión con la naturaleza. La música que latía dentro de ella, como una señal de la selva, emergió de su violonchelo, y sacudió las doce plumas de los flamingos.




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