<img src="https://sb.scorecardresearch.com/p?c1=2&amp;c2=31822668&amp;cv=2.0&amp;cj=1">

De Sandra a Sami: una transición que rompió las cadenas de la depresión

La historia de Sami Gómez Alvear, quien antes de ser chico sufrió bullying en la escuela. Con el apoyo de su esposa, hijos, compañeros de trabajo y familia, siguió adelante.

De rodillas, bajo el amparo de la cruz, Aura Alvear le suplicaba al Santísimo que le diera fuerzas para soportar y comprender los cambios hormonales que tenía su hija, de quien dice, se sentía atrapada en el cuerpo de una mujer sintiéndose hombre. Eso ocurrió hace más de 20 años y hoy, por esa situación, entendió que el amor de una madre es a prueba de todo. “Si tuviera la oportunidad de escoger nuevamente a mi hijo, sería él”, dice Aura. Le puede interesar: Treinta y ocho muertes de personas LGBTI se registraron en 2021.

Ahora, con una seguridad plena, Aura dice: “Mi temor de entonces era el sufrimiento que él podía sentir por los señalamientos de la sociedad, pero hoy quiero que muchos padres, hijos e hijas que estén pasando por el duelo de ser homosexuales tomen de ejemplo la historia de Sami, mi hijo, porque logró salir adelante a pesar del matoneo que sufrió en el colegio”, comenzó a contar Aura en esta historia.

Sami Jamás se imaginó que atravesaría por una fuerte depresión al ser matriculada en un colegio femenino católico de Cartagena.

Hoy, desde Medellín –donde vive hace tres años–, Sami Gómez Alvear, de 36, me habla por videollamada: se le escucha una voz gruesa. Luce un corte de caballero y un suéter negro que le cubre la mayor parte del pecho. Es discreto, moderado, y su seguridad, con un toque de sencillez, lo invitan a contar la historia que, a través del apoyo de toda una empresa y de su familia, logró batallar para sentirse hombre.

“No me he sometido a ningún tratamiento todavía, no tengo hormonas masculinas inyectadas. Todo el cambio de mi cuerpo lo ha producido mi organismo”, reiteró el arquitecto de profesión, quien trabaja en una reconocida empresa.

Reciba noticias de El Universal desde Google News

Un camino duro

En los años 90, cuando tenía 15 años y se llamaba Sandra, aquella jovencita le dijo a sus padres: “No quiero quinceañero”, evitando así ponerse el típico vestido de princesa, bailar el vals y mucho menos tener que agradar a los invitados. Jamás se imaginó que ese mismo año atravesaría por una fuerte depresión al ser matriculada en un colegio femenino católico de Cartagena, enfrentándose a las habladurías, las burlas, calumnias y hasta, según dijo, incitaciones de quitarse la vida.

“Era muy difícil, porque venía de un colegio donde nunca me pasó eso. Yo usaba mi cabello corto y era deportista -muy buena- lo que me llevó a ganarme el respeto de la comunidad estudiantil, pero cuando entré a un colegio de solo mujeres, en vez de sentirme cómoda, empecé un sufrimiento insoportable: varias personas me juzgaban por sentirme más hombre que mujer. Todos los problemas que pasaban eran por mí”, contó Sami.

De Sandra a Sami: una transición que rompió las cadenas de la depresión

Sandra Gómez Alvear en su adolescencia, que hoy es Sami.

Al iniciar clases, miembros del colegio le restringieron seguir practicando deporte porque, supuestamente, eso la tenía “amachada”. “Yo sabía que era pura especulación porque tuve compañeras deportistas que no lo eran”, aseguró. Pero la tapa que rebozó el vaso ocurrió cuando un regalo de mujer a mujer cayó en manos de una compañera de la misma institución.

“No puedo negar que se me notaba mi inclinación, entonces una compañera me preguntó que si podía darle el teléfono de amigas que practicaban conmigo porque a ella también le gustaban las mujeres. Yo le dije: mis amigas son solo mis amigas, no sé si alguna de ellas tenga otra inclinación, pero recurrí a darle su contacto y ahí empezó todo: una investigación de la institución en mi contra”, narró Sami.

De Sandra a Sami: una transición que rompió las cadenas de la depresión

Sandra Gómez Alvear durante su transición.

Las quejas y llamadas desde la rectoría eran cada vez más frecuentes. “Recuerdo que una profesora me decía que iba a hacer todo lo posible para que me sacaran de ahí”, dijo, al tiempo en que rememoró que la exrectora de ese colegio le decía que si llegaba a tirarse del último piso de la institución, la situación que estaba viviendo no cambiaría.

“Mi mamá se sintió muy tocada por las ofensas que nos hacían, tanto así que hasta me recriminaron por tener padrastro, y finalmente me cambiaron de colegio. Ella sabía que yo era una persona muy seria, de mi casa, no tenía malas amistades, y cuando retomé los estudios en La Esperanza volví a nacer”, contó.

Más adelante, Sami experimentó la vida universitaria, y aunque todavía no estaba seguro de mostrarse ante el mundo como un chico, al menos recuperó su autoestima y poco a poco decidió cambiar su nombre de Sandra a Sami.

De Sandra a Sami: una transición que rompió las cadenas de la depresión

Sami Gómez Alvear, en Medellín, donde está radicado.

“Llegué a Medellín, como profesional, y sentí el cambio inmediatamente. Acá las personas no se enfocan en lo que haces con tu vida, en cambio en Cartagena mi mamá y yo teníamos que soportar el chisme de los vecinos, el qué dirán... Hoy tengo un buen trabajo y aquí, en mi empresa, me tratan como me siento: como un hombre. Mi jefa insiste en que se refieran a mí como ‘él’ y la verdad, jamás me he sentido discriminado”, explicó el cartagenero.

un sacerdote me hizo caer en cuenta de que lo más importante es aceptarlo a él como persona”

Aura Alvear, madre.

Sami agradece a la EPS Sura, que es la única en asistir a pacientes en el programa ‘Distoria de género’, que se empieza por especialistas en psiquiatría y endocrino, quienes trabajan la transición de las personas que desean cambiarse de género. “Mi primera cita de tratamiento hormonal es apenas el 1 de marzo, ahí determinan si empiezo mi proceso ya sea tomado o inyectado, pero mi evolución actual es natural”, recalcó.

Sami está felizmente casado y adoptó a los hijos de su actual pareja. Hoy se muestran muy abiertos al tema y esperan que existan más políticas públicas que eviten el suicidio en personas homosexuales.

De Sandra a Sami: una transición que rompió las cadenas de la depresión

Sami Gómez y su esposa el día que se casaron por lo civil.

Por su parte, Aura reconoce que cuando su hijo se marchó de casa para rehacer su vida solo, creció un vacío tan grande que recurrió a sacerdotes, psicólogos y demás personas que, poco a poco, la hicieron caer en cuenta de que más allá de tener una hija o un hijo, valía mucho más la vida de un ser humano.

“Soy fiel católica, y reconozco que en todas las religiones hay defectos. Me crucé con religiosos que juzgaron a mi hijo, y eso para mí fue muy difícil, pero un sacerdote me hizo caer en cuenta de que lo más importante es aceptarlo a él como persona, porque si creemos en un Dios bueno que nos ama, no nos va a juzgar por lo que somos”, dijo Aura, y recalcó que si en otra vida Dios le da la oportunidad de escoger quien fuese su hijo, “sería Sami una y mil veces. Ojalá antes hubiese tenido esa berraquera que hoy tengo para defender a mi hijo. Sé que hay muchas personas que atraviesan por esta situación, pero hoy les digo: sí se puede. Me siento orgullosa del hijo que me tocó y de las cosas tan bonitas que ha logrado en su vida”, subrayó una madre, que no hace más que reconocer el verdadero sentido de la felicidad: la unión.




Más noticias