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Crónica: así es como la lluvia hace naufragar los recuerdos

La lluvia entró a casa mientras viajábamos hacia Turbaco. Eran gotas grandes, ráfagas verticales y vientos horizontales. Crónica de un naufragio.

En estos días he sentido que he vivido un naufragio en casa. Mientras viajábamos hacia Turbaco, la lluvia huracanada entró a casa, y desde el patio, entró a los cuartos.

Eran gotas grandes e incesantes, ráfagas verticales y vientos horizontales. Cajas de libros, documentos y fotos quedaron bajo el agua. Saqué al sol de la mañana y del mediodía lo que pude recuperar del naufragio. El agua borró recuerdos e instantes vividos, pero el sol me fue devolviendo algunos retazos de imágenes como una luz quebrada sobre papeles blandos, recortes de periódicos, revistas, cuadernos de apuntes. Le puede interesar: Video: 6 recomendaciones para evitar emergencias por las lluvias

Algunas imágenes se recuperaron al sol milagrosamente, como las de mi vecino Hernando Saladen, que me había confiado una serie de fotos de su familia para una crónica sobre su primo Raúl Saladen, autor del célebre porro ‘Quiero amanecer con la manta en el hombro’.

Crónica: así es como la lluvia hace naufragar los recuerdos

También el desastre me hizo pensar y detenerme sobre detalles que habían quedado soslayados en el tiempo.

Una entrevista con el gaitero José Lara, tal vez una de las últimas, cuando vino con su hija a cobrar un dinero, y se sentó en el quicio del banco a esperar que lo abrieran.

También una entrevista al físico sanjacintero Regino Martínez-Chavans, contándome cómo llegó a la Sorbona de París, y cómo conoció a su vecino Clemente Manuel Zabala.

Una colección de afiches del Calendario Propal consagrados a artistas fueron arrasados sin piedad por la lluvia. Los afiches de artistas que admiro y valoro como Pedro Ruiz, María Tereza Negreiros, Enrique Grau, entre otros.

Y un retrato que me hizo el maestro Jorge Elías Triana en 1991 fue sacudido por la lluvia, el agua desdibujó mi rostro, borró parte de mi frente y uno de mis ojos.

La lluvia, como los comejenes, puede borrar de un plumazo los recuerdos sagrados que guardas en cajas o baúles. La lluvia arrastró consigo las hojas secas del mango que estaban en el techo y las basuras desperdigadas del verano y dejó flotando en el aire una desolación de humedad, moho y destrucción.

La misma lluvia premonitoria de las ausencias arrastró la dirección postal de mi amigo Juan Gustavo Cobo Borda, que acaba de morir en esta semana. Lea aquí: Murió Juan Gustavo Cobo Borda, poeta guardián de libros

Una vieja colección de revistas culturales de los años cuarenta, cincuenta y sesenta sucumbió al sordo y brutal poderío de las aguas dentro de la casa. La lluvia pudrió la madera de las puertas que dan al patio. Recordé bajo la luz de los truenos a Yola, mi madre, cubriendo la luna de los espejos en la vieja casa de Montería, y poniendo chócoros en los agujeros por donde se colaba la lluvia a la sala y a los cuartos. Recuerdo que desde niños nos alarmaba de la amenaza de la lluvia y nos recomendaba no estar descalzos bajo los relámpagos. La lluvia no siempre era un espectáculo para nuestros sentidos, sino una temeridad.

Cuando niños, el berroche desobediente de nuestra felicidad montuna era correr descalzo bajo los chorros del aguaceros en los aleros e inventar barcos de papel que cruzaban por los puertos sinuosos de la corriente. Éramos pobres y felices oyendo al amanecer la música destemplada de la tempestad golpeando el techo de zinc. Ahora, que llueve a cántaros mientras escribo esta crónica, me detengo a ver las sombras neblinosas y tormentosas que delinea la lluvia en el cielo cartagenero. Para conjurar y detener la tempestad, mi madre recitaba el Magníficat a la Virgen María, y mientras leía verso a verso, la lluvia parecía detenerse en los versos más altos y sublimes.

La lluvia ha sido cantada, contada y pintada como un talismán para devolvernos a nuestra génesis del útero materno, y para sentir, como en el poema de Borges, que cada vez que llueve nos regresamos al pasado. La lluvia, dice el poeta, ocurre en el pasado. Y en ese pasado se mojan y borran los recuerdos. Al contemplar mi propio naufragio, lloro en silencio sobre las gotas de lluvia que desdibujan el sigiloso trazado de mis recuerdos en el papel. Recuerdo a mis amigos que perdieron todo en una inundación e intentaban secar al sol los recuerdos más íntimos y familiares como los bautizos, los cumpleaños y el matrimonio. De la lluvia tengo recuerdos que me golpean como esas gotas gruesas que caen ahora sobre la casa. No sé por qué conservo entre mis rarezas una enorme piedra de una centella que cayó cerca de la casa. Una extraña y perfecta piedra modelada por el fuego. Lea además: “Mi hija casi se ahoga”: angustia por muro que cayó en Zaragocilla tras lluvia




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