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Cartagena bajo la luz de enero

Crónica de un recorrido por la ciudad amurallada, bajo la luz de enero de 2022.

En el viejo restaurante chino que tenía dos años sin abrir, apenas empezó la pandemia, volvieron a abrir para vender comida corriente y ejecutiva, sin dejar de vender las tradicionales empanadas de pollo, las más grandes de Cartagena. Al entrar veo las paredes desnudas y descascaradas buscando una vieja edad perdida entre los muros. Y descubro comensales del interior del país y entonces pienso en Donaldo Bossa Herazo que iba todos los mediodías allí a comerse dos pollos, con la compañía del arquitecto Fidias Álvarez. Al recorrer la ciudad amurallada la mendicidad es uno de los rasgos patéticos de cada esquina. El muchacho tullido que pide limosnas cantando salmos en el suelo sigue allí, con sus manos alargadas a la sombra los transeúntes. La muchacha venezolana con tres hijos vende colombinas y dulces para reunir para el almuerzo. El vendedor de loterías insiste en que seremos ricos este fin de semana, yo le digo que no quiero la perturbación de la riqueza artificial en mi vida. Lea también: 5 planes para disfrutar Cartagena con poco presupuesto.

La más antigua librería de segunda mano en la ciudad bajo la Torre del Reloj, cumplió setenta años de estar allí, de generación en generación, y ahora venden todos los libros de aquel muchacho que se sentaba a leer los libros sin comprarlos y los fiaba, y un buen día de octubre nos despertó a todos con la noticia del Premio Nobel de Literatura. Venden ediciones incunables que el buen y diligente amigo Aníbal Gutiérrez rastrea en Bogotá, muchas veces ha tenido la estrella de que es el primero en enterarse de que hay alguien tratando de deshacerse de una biblioteca forjada a lo largo de varias generaciones. El vendedor de aguacates de leche dice que sus aguacates son los mejores y saca su cuchillo para partirlos en cuatro pedazos a los que le echa pimienta y sal y da de probar para que sigan comprándole. Es probable que ese aguacate venga de las neblinas heladas y solitarias de La Cansona en los Montes de María, donde se sembraba ese aguacate de leche y cuyo esplendor se arruinó con las fumigaciones de glifosato.

Apenas aminoró el conflicto armado en la zona y se aplacaron las fumigaciones, revivieron los aguacates de leche.

La dulce y frágil señora Blanquita que sobrevive de milagros muy cerca del periódico, mantiene su sonrisa a flor de alma para espantar las tempestades, y le pide poco a la vida porque es rica deseando con dignidad lo poco. Me aterra el sinnúmero de muchachos casi niños perdidos en el infierno de la droga. Uno de ellos recoge de la basura unas enormes lámparas que estrella contra el pavimento, dejando un reguero de vidrios alrededor. La legión de limpiadores de vidrios de carros, todas del vecino y atormentado país hermano, reúne moneda a moneda cuarenta o cincuenta mil pesos para pasar el día. La otra muchacha que canta con su parlante ambulante en el semáforo parece una pastora desolada y huérfana vestida de luto, cantando con su bella voz de mezzo-soprano que espanta a los pájaros.

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Al anochecer recorrí el Parque de San Diego que estaba más lleno de gente desde el crepúsculo del miércoles. De lado a lado de la calle, todo estaba lleno de mesas. Contra el árbol como un inquilino de la soledad en la sombra estaba el guitarrista con su sombrero invisible tocando canciones que nadie había pedido, hasta que un comensal agresivo le gritó que dejara de cantar y tocar. El guitarrista con todo su derecho le reclamó y yo vi en la cara del agresivo comensal un rostro soberbio picado por alacranes, negándole al guitarrista el derecho a su trabajo. Luego vi el enorme caldero ardiente de los herederos de Dorita, más de medio siglo en ese lugar del parque, vendiendo las tradicionales empanadas con huevo mal llamadas arepas de huevo, y carimañolas las más grandes que he visto, también buñuelos de frijol, pero el peregrinaje era largo al pie de ese manjar chispeante.

Vimos gente del interior del país, forasteros del otro lado del mar y del mundo, fascinados con las frituras de Dorita en San Diego.

Sentado en los escaños del parque volví a ver a Fernando, el artesano de los milagros y los anticuarios que ha sobrevivido durante tantos años al pie del aljibe clausurado, salvando naufragios de bronce y oro y convirtiéndolos en preciosuras para los turistas. En medio del delirio de la plaza, vi a una muchacha venezolana bailando danza árabe agitando sus caderas con cadenitas de oro de fantasía. Había que verle los ojos para intuir que la tristeza profunda no le permitía bailar con toda la gracia que requiere la danza del vientre, pero pese a todo, lo intentaba con discreta valentía.

El muchacho taxista que me devolvió a casa me dijo que era como si en Cartagena jamás hubiera pasado el coronavirus, pero le dije que era una apariencia, porque los muertos no eran un invento de los periódicos. Le dije que era muy probable que los turistas y viajeros, entre ellos los más jóvenes, creyeran que Cartagena con su aparente trajín de fiestas que no cesan, era infalible al desastre de la pandemia. Creen tal vez como Abrenuncio que la felicidad es un antídoto contra todos los males y especialmente contra el sistema inmunológico. Y que estar feliz es la mayor prueba para resistir cualquier enfermedad. Pero a ello le digo que también la felicidad tiene sus riesgos y hay que asumirlos en medio de un mundo que ha sido contaminado y amenazado. Los adoquines de algunas plazas habían cedido al paso de los últimos dos años y otros saltaban a la espera de ser restaurados. Vi bajo los últimos resplandores del faro a un tipo pescando con una vara larga, desde el Monumento a los Océanos. Regresé viendo el tráfico vertiginoso de Getsemaní, el delirio bajo los paraguas de colores, el asedio sin control de la prostitución callejera y ambulante, y el otro delirio de la sobrevivencia bajo la luz implacable de enero.




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