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Salento, un paraíso colonial en la montaña

Un inusitado desvío de la autopista que de Armenia conduce a Pereira, me lleva al ‘Paraíso’. A través de una serpenteante vía, que se ciñe con suavidad a la ladera de la montaña, me voy adentrando a un mágico pueblo llamado Salento.

Es mi primera vez en la tierra del café, y aún sigo disfrutando de la brisa fresca de la mañana, que susurra los misterios ancestrales del Camino de los Indios, como se llamaba antiguamente a la ruta que comunicaba los pueblos precolombinos de la cordillera Central de los Andes.

Mientras me adentro en el paisaje, respiro los aromas del bosque templado y me cuestiono sí puede ser ¿eucalipto tras un dejo de lavanda? o tal vez ¿pino?, pero los rayos del sol que resplandecen en la montaña distraen mi atención.

Nueve kilómetros en tonos verdes, me acercan a la explosión de color que inunda la plaza y calles del pueblito colonial fundado en 1842, al norte del Quindío, que conserva todo el encanto de la arquitectura paisa tradicional, con casas hechas de bahareque y tejados de barro cocido.

Una vez en la Plaza Bolívar -epicentro de la vida comercial y turística del municipio-  encontramos el parque, engalanado con el monumento a Simón Bolívar; frente a este se erige la iglesia de Nuestra Señora del Carmen y a su costado se halla la avenida más importante, la Calle Real, teñida de vivacidad.

Ahí se despliega un carnaval de casitas que resplandecen como prisma cuando la luz las atraviesa, un festín visual para los amantes de lo pintoresco. La estrecha callejuela deriva en una escalera infinita que conduce hasta el mirador Alto de la Cruz, de allí se divisa todo Salento y los hermosos parajes que le adornan.

Parece una mirada surrealista que se ve más clara tras recuperar el aliento.

Aprovecho el pequeño parque infantil que allí se encuentra para sentarme. Mientras el viento me acaricia al vaivén del columpio, se detiene el tiempo, y cuando vuelvo a fijarme, ya hay varios extranjeros contemplando el infinito.

Uno de ellos es de Nueva York, me cuenta que ha venido desde Cartagena, donde estuvo de voluntario por varias semanas enseñando inglés en un colegio público, y luego recorrió distintas ciudades hasta llegar a Armenia. 

También veo a otro visitante, no es colombiano, pero se ha dedicado a congelar el instante con su cámara así que lo pierdo de vista porque es hora de bajar.

En el descenso me tropiezo con más turistas, y en la calle encuentro un artesano que teje una hamaca en guadua, pregunto qué sí sirven para dormir, y él sonríe con suspicacia al decirme: ‘por supuesto, tienen 15  años de garantía’. La hace completamente a mano, el tronco sirve como base y las virutas enormes como hilo.

Entrada la mañana los locales de artesanías, que yacen a lo largo de la calle principal, abren las puertas con su sin fin de chécheres desbordados de las paredes, ¡son extraordinarios! Más parecidos al arte que a un souvenir tradicional, estos preciados objetos varían en cuanto a gusto, desde piezas decorativas hechas en papel maché,  hasta joyas de figuras precolombinas, para niños o adultos, amantes de la fotografía o de la escultura.   

Tres horas después de la travesía artística que supone recorrer cada lugar de las cinco cuadras de la Calle Real, me sumerjo en otra más nutritiva en la plaza principal.

Ahí se puede disfrutar de una gastronomía variada, donde resalta como plato típico la trucha, preparada en un sin fin de versiones, acompañada de tostones (patacones grandes). Pero si no son amantes del pescado pueden optar por una bandeja paisa, carne asada o hasta una deliciosa pizza.

Y, como estoy en el Eje Cafetero, no puede faltar un ‘tinto’ para reposar la abundancia, endulzado con una torta de café o una oblea, según el antojo.

Entrada la noche, la luz nostálgica de los faroles iluminan el pueblo y el rocío se precipita, pero el vibrante ruido de los bares avisan que el día aún no termina y falta mucho por descubrir.




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