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El Valle de Cocora y la magia de la cordillera

Mientras la mañana despunta entre los rayos de un sol radiante, me dirijo hacía el Valle de Cocora, la puerta de entrada al preciado Parque Nacional Natural Los Nevados.

Sin saber qué encontraré en ese paraje, voy cuesta arriba, entre la montaña y el abismo, contemplando el panorama con altas dosis de adrenalina en cada precipicio.   
Pero ese susto momentáneo se conjuga con la paz que me generan los riachuelos de aguas cristalinas, que arrullan el ambiente con su sutil caer entre las rocas. Son 20 minutos de sosiego desde Salento hasta este mágico lugar.

Y es que Cocora (nombre que invoca a una princesa Quimbaya, hija del cacique Acaime, cuyo significado es estrella de agua) es la antesala a una de las reservas más grandes de nuestro país, cuna del árbol nacional, la Palma de Cera, y hogar de una gran variedad de flora y fauna.

Recién me bajo del carro, lo primero que observo es la impresionante vista rodeada de montañas, y a ambos lados del camino, haciendas y eco-hoteles que te invitan a pasar.

Verde sobre verde, en una escala tonal infinita que irrumpe de manera abrupta el azul celeste que tiñe el cielo, se convierte en una postal perenne de la cordillera Central de los Andes.

El aire es frío, pero apacible; el silencio me envuelve y ensordece; la calma me sobrecoge.

Parece una alucinación para esta citadina acostumbrada a la bulla unísona de Cartagena, al calor atemporal y a la arena que se funde con el mar.

Bellezas distintas las que atesora Colombia, pienso.
Luego de la primera imagen mental, de las comparaciones y las reflexiones, me encuentro a un caporal que nos ofrece un paseo en caballo. Para mis compañeros de excursión resulta una gran idea, pero en mi caso es poco atractivo, debido a las experiencias fallidas que me distancian de ser un gran jinete.

Arriba de ‘Titano’ todo se ve diferente -no sé cómo me dejé convencer- pero el paisaje tiene un tinte más real cuando el galope del caballo te estremece en un sendero de tierra y rocas.

Vamos cuesta abajo, hacia el Río Quindío, que atraviesa el valle de forma serpenteante entre relieves que se levantan a una altura entre los 1.800 y los 2.400 metros sobre el nivel del mar.

Es ese momento donde la inmensidad de la naturaleza me atrapa, mientras el salpicar del agua te roza y el rosario de piedras te marcan el cauce del río en un camino interminable.

De vuelta al establecimiento veo una docena de turistas extranjeros con sus mochilas listos para acampar, se quedarán en los alrededores del valle antes de subir en una travesía de 9 horas a pie hasta el parque Los Nevados, y adentrarse en una expedición de varios días hasta la cima de alguna cumbre.

Por mi parte, decido quedarme en un chalet con un capuccino endulzado con arequipe (dulce de leche, tradicional de América Latina), aunque no se me quita la idea de volver para conocer los majestuosos lugares que se esconden entre los páramos y la cordillera. 




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