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Dolores Moscote, una melómana turbaquera que llegó a sus 108 años

Muy pocos son ya los que pueden decir que son mayores que la famosa canción. Dolores aún no quiere “dejar a sus hijas solas”.

Aunque para el imaginario colectivo la canción “Las mañanitas” pertenece a México o tiene su origen en el país Azteca, el mismo podría remontarse a varios siglos atrás. Muchos historiadores asocian el cántico a las tradiciones judías de los sefardíes, habitantes de España. Todo por su alusión al Rey David, bastante distante en tiempo y espacio de la geografía y costumbres ‘manitas’.

Lo cierto es que la costumbre cantada pasó a México y aunque el nombre de su autor quedó en el olvido, fue en el tiempo del surgimiento del nacionalismo musical mexicano que la canción, como la conocemos ahora, tomó forma.

Eran los tiempos de la Revolución Mexicana cuando Manuel María Ponce le dio forma al tradicional estribillo y de ahí pasó a popularizarse a lo largo de los años y los países. Tanto que hasta nuestros días, “Las mañanitas” suenan en cualquier celebración de cumpleaños, sin que muchos sepan el origen tan antiguo del canto.

Nadie, incluso, se detiene a pensar qué tan viejas son “Las mañanitas”, al menos en su estilo actual.

La respuesta puede ser sencilla para una familia en Turbaco: “Las mañanitas” son tan viejas y tan queridas como Dolores Moscote Velásquez.

El 31 de marzo de 1915, apenas unos meses después de que Manuel María Ponce diera a conocer “Las mañanitas” en México (se cree que fue en 1914), nacía en Turbaco una mujer que perdura en la tierra y en los corazones de los suyos hasta estos días. Han pasado 9 hijos, 40 nietos, un tanto de bisnietos y uno que otro tataranieto en la vida de Dolores, una aficionada a la música que, a partir de las melodías conoció el amor, tuvo sus hijos y sigue ejercitando su mente. Lea: Una copa de vino: el secreto de la mujer más vieja del mundo

Son 108 años los que doña Dolores ajustó el pasado viernes y que fueron celebrados con todas las de la ley por su recua de descendientes entre quienes estuvieron 6 de sus nueve hijos. Para su desdicha, ya 3 han partido de este mundo.

Una vida de trabajo, música y amor

Cuando a doña Dolores le llegó el tiempo del amor, por allá entre los años 30 y 40 del siglo pasado, el ferrocarril Calamar – Cartagena estaba en pleno auge. Precisamente en sus rieles, desde un municipio vecino, le llegó el que sería el amor de su vida.

“Mi papá era de Arenal (San Estanislao) y él se subía al tren a vender cosas, pero era muy aficionado a la música y tenía una guitarra. Así se venía a cada rato y como a ella le quedaba cerca la estación de Turbaco, ahí se conocieron”, relata Fidias Álvarez, una de las hijas menores de doña Dolores y de Benigno Álvarez Simancas.

De esa relación nacieron Robinson, Rogelio, Doralba, Martiza, Magola, Noris, Eliécer, Fredys y Fidias, frutos de un amor que perduró hasta que don Benigno dejó este mundo.

“Todos nos criamos siempre junticos ahí en El Paraíso (barrio de Turbaco). Mi papá hacía de todo. Sembraba, era zapatero, tenía una barbería y también cantaba. Así fue que conquistó a mi mamá”, refiere la señora Fidias, bajo cuyo cuidado permanece la centenaria abuela desde hace ya varios años.

Ella es amante de la música. Mis nietos (bisnietos de Dolores) le ponen música de todo tipo y la tararea. Hasta hace poco se movía con una que otra champeta”.

Magola Álvarez Moscote, hija de Dolores.

Es a esa vida tranquila y alegre a la que sus familiares atribuyen la longevidad de la turbaquera, quien tiene varios familiares que también han pasado la barrera de los tres dígitos en cuanto a edad se refiere.

“Ella come de todo y antes comía muy sano. Comida de monte, conejo, vena’o, guartinaja que mi papá cazaba. Y siempre a sus horas y bien preparado. Es ahora y todavía come casi de todo”, dice la hija.

En un día normal doña Dolores se levanta tipo 8 de la mañana, desayuna lo que haya, aunque siempre algo bajo en grasas y sin tanta azúcar. Luego merienda y se prepara para almorzar entre 12:30 y 1 p. m.

Antes que todo, la bañan, o se baña, porque dicen sus allegados que pese a su edad sigue siendo muy pudorosa.

La cena es algo suave y a las 8 de la noche ya se alista para dormir y aguardar un día más en compañía de los suyos.

Musiquera

No fue en vano que el amor entre la señora Dolores y el finado Benigno surgiera al son de la música. Nuestra centenaria amiga es una melómana de tiempo completo y cuentan sus parientes que hasta hace poco tiempo las fuerzas le daban para mover el esqueleto.

“Ella es amante de la música. Mis nietos (bisnietos de Dolores) le ponen música de todo tipo y la tararea. Hasta hace poco se movía con una que otra champeta”, narra su hija Magola, quien recuerda que hace unos seis años, cuando apenas pasaba de los 100, una isquemia la obligó a quedarse en una silla, donde ahora permanece.

Dolores Moscote, una melómana turbaquera que llegó a sus 108 años

Mientras la visitábamos, sonaban “La cama vacía” de Óscar Agudelo, seguida de “Reminiscencias” de Julio Jaramillo, y de una de las tantas versiones de “Bésame mucho”. Dolores interrumpía un poco a sus hijas para hacernos escuchar un poco de su voz, aquella que se activa sobre todo en las tardes y noches.

“Es que a la casa iba gente que le gustaba la música. Hasta Alci Acosta fue un día porque mi papá era un buen músico, sino que antes no se le paraba bolas a eso y nadie vivía de ser músico”, comenta la hija, que también es abuela.

Sobre su futuro

Sus familiares no saben hasta cuándo tendrán la bendición de ver a la señora Dolores entre ellos. Solo saben que su madre murió cerca de los 110 años y que varias hermanas pasaron del centenario también.

“Ella a veces me agarra la mano, me la besa y me dice que no me quiere dejar. Yo le digo que no lo haga y no me quiero imaginar que pase. Ella es nuestra bendición”, concluye Fidias, mientras acaricia la blanca cabellera de su madre quien tararea “Te esperaré”, canción que suena en un celular lo último en tecnología de este tiempo, un tiempo muy diferente al que vio nacer a Dolores, cuando lo último en tecnología era un tren donde le llegó el amor.

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