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Gustavo Petro, un presidente electo para tres países llamados Colombia

Un analista examina las reacciones políticas, sociales e ideológicos que se esperan tras el triunfo electoral del Pacto Histórico, en medio de la polarización.

Especial para El Universal

El pasado 19 de junio, día de la segunda vuelta presidencial, comicios históricos en el país, asistimos impávidos a la revocatoria popular del mandato de la clase política. Por primera vez en Colombia, el presidente electo y el candidato perdedor no le deben nada a los partidos políticos. Para ambas campañas, los pocos respaldos políticos que recibieron fueron un lastre muy pesado de soportar.

Esta circunstancia hace mucho más complejo gobernar el País, debido a que Colombia ha quedado dividida en tres: los electores de Gustavo Petro, los electores de Rodolfo Hernández y la realpolitik, concentrada en el Congreso de la República.

La mayoría de quienes eligieron a Petro no lo hicieron porque simpaticen con la izquierda, ni mucho menos, sino porque el candidato supo interpretar su olvido y su extrañamiento de la vida nacional. Por ello, su franja electoral fuerte coincide con los cinturones de miseria del País, relegados de las decisiones cruciales a través de los tiempos.

Por otro lado, quienes lo hicieron por Hernández lo hicieron porque vieron en ese líder casual, independientemente, de sus cualidades personales, la voz de reproche hacia una clase política desprestigiada, y la garantía del estatus quo económico, que a muchos nos tranquiliza. Por esta razón, los electores de Hernández coinciden con zonas de mejor desempeño económico.

El problema fundamental de la gobernabilidad del próximo gobierno es definir con cuál de estos tres países gobierna. La respuesta suena obvia: con los tres, pero no lo es. Veamos.

La forma lógica y sana para gobernar en una democracia, y así sucede en la mayoría de los países del mundo con este régimen político, es bajo el esquema de gobierno-oposición. Pero este esquema requiere de unos partidos de oposición sólidos ideológicamente y fuertemente disciplinados al interior de su bancada. Hasta antes del pasado debate, estas cualidades se manifestaban en el Centro Democrático, en algunas fases del Partido Conservador y la marca registrada de César Gaviria, dentro del Partido Liberal.

Estas colectividades vivieron de los avances que, en materia de orden público y manejo de la economía, produjeron los dos gobiernos de Álvaro Uribe y el primer gobierno de Juan Manuel Santos. Pero contrario a lo que se piensa, no fueron capaces de generar, hacia las bases, una ideología política distinta al miedo a la guerrilla y la desgracia de nuestro vecino país.

La ausencia de una propuesta social concreta de un nuevo modelo de estado más igualitario dejó a estos partidos sin discurso, después de la firma del tratado de paz con las FARC, la grave crisis social originada por la pandemia del Covid-19 y la torpeza política del gobierno de Iván Duque.

Hoy podemos afirmar sin ambages que, ideológicamente hablando, como se da en otros países del mundo, en Colombia no existe una oposición política. La fuerza de las reivindicaciones sociales superaron a los partidos tradicionales, incluido el uribismo. Los vestigios políticos que aún quedan de este movimiento, solo se dan a nivel del Congreso de la República y de unos cuantos miembros de la academia e influencers, pero este partido político, como todos los demás, ya fueron superados por sus respectivas bases.

Los votos consignados en las urnas a favor del ingeniero Rodolfo no tienen dueño ni son votos que se puedan orientar o canalizar a favor o en contra del gobierno entrante. Simplemente, es una masa amorfa de personas, que obedecen a sus propias reivindicaciones, sus propios sueños, miedos y temores.

Serán poco contados los izquierdófobos que sigan con su diatriba en contra de Petro, si el futuro presidente cumple con sus promesas de gobierno: desarrollar el modelo capitalista, respetar el equilibrio de poderes y gobernar para todos los colombianos.

Dentro de este panorama, la verdadera oposición al gobierno Petro, aparte de su propio espectro, como en la comedia shakesperiana, será el reducto de esa izquierda trasnochada que le exigirá que concluya la historia revolucionaria del país, a costa del fracaso de su gobierno. Y desde ya, se percibe en el presidente electo esa preocupación, cuando en su primer discurso, matizando sus palabras, dijo que: “Desarrollaremos el capitalismo, no porque lo adoremos, sino para superar la premodernidad y el feudalismo”, dirigiéndose, prácticamente a Francia Márquez, quien parece, va a ser, la representante de los sectores de izquierda, propiamente dichos, en su gobierno.

Otra cosa es la realpolitik en el Congreso donde existen unas fuerzas políticas que tienen el poder de oponerse algunas políticas públicas del gobierno entrante, dada la estructura del estado colombiano y su sistema de producir las leyes. Mas no por eso pueden denominarse opositores. El término oposición política, como ya hemos expresado anteriormente, es mucho más complejo que una simple mecánica mayoritaria para aprobar o desaprobar un paquete legislativo, o para promover o impedir un debate político, sobre un funcionario del gobierno o una de sus políticas públicas.

Esta precisión se hace importante porque el fenómeno electoral del reciente debate presidencial, donde la clase política del país fue derrocada popularmente en las urnas, por un masivo pueblo colombiano que, cansado de sus abusos, tomó partido por uno u otro programa de gobierno, sin ninguna dirección política, marca una nueva hoja de ruta, si verdaderamente queremos unir a Colombia.

Que no nos vengan a salir con el pragmatismo, que el Pacto Nacional es un acuerdo entre la clase política y Gustavo Petro, para lograr el paso legislativo de su programa de gobierno. El verdadero Pacto Nacional es un dialogo franco y abierto, por medio de los mecanismos institucionales que se diseñen, entre el futuro gobierno y quienes no votaron su propuesta, para lograr un acuerdo sobre lo fundamental, para que el gobierno entrante, tenga la suficiente gobernanza, que le permita la ejecución pacífica y tranquila de sus nuevas políticas públicas y las que resulten de la concertación nacional.

*Abogado, especialista en derecho Público con experiencia en derecho urbanístico, ordenamiento territorial, contratación estatal y gerencia de la defensoría pública, entre otros temas.




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