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La Cultura en declive

“Muy triste la queja de los teatreros, quienes cuentan que solo familiares y amigos de los actores van a ver las funciones. Está clarísimo que el Teatro Adolfo Mejía no tiene carteleras...”.

Esta semana han coincidido, casualmente, calificadas opiniones en torno de lo mal que anda la Cultura en nuestra ciudad.

Ayer, por ejemplo, el reconocido pianista Francisco Lequerica en una columna de esta página de Opinión, se refirió a cómo el Teatro Adolfo Mejía lleva años padeciendo los estragos de un uso por lo menos decepcionante, y se encuentra ad portas de un nuevo colapso material, comparable al que causó su primer cierre en los 70.

Anotaba también el reputado músico que el Teatro “constituye, más que un espacio privilegiado para las Artes en La Heroica, un potente foco identitario destinado a galvanizar la esencia plural de la cultura del Caribe colombiano”, pero con el paso del tiempo “se ha desvirtuado rotundamente la noción de una agenda cultural para la ciudadanía; y la tan necesitada función del espacio como herramienta de formación de públicos en el ámbito cultural distrital, parece haberse esfumado”.

En una línea similar, en su columna de este lunes, el respetado sociólogo Raúl Paniuagua se quejaba de que a la Cultura no se le vea con un enfoque incluyente, transversal, dinámico y abierto a todas las manifestaciones, y que no se considere como un activo, tal vez el más valioso que tienen muchos cartageneros.

Estas opiniones se suman a otras y, singularmente, al informe que publicamos en el pasado 31 de agosto bajo el título ‘¿Se está muriendo el interés por ver teatro en Cartagena?’, en el que voceros del gremio de teatreros de la ciudad reconocieron verse en apuros con la pobreza del teatro, a diferencia de lo que ocurre en ciudades como Bogotá, Cali o Medellín, donde se presentan carteleras semanales en las que pueden encontrarse expresiones artísticas como danza, teatro y performance, un interés que ha disminuido en extremo en nuestro terruño.

La falta de una consistente política distrital en torno de las artes ha contribuido, por ejemplo, al desvanecimiento del interés por pagar una entrada para consumir shows que en otros lares apetecen. Muy triste la queja de los teatreros, por citar un solo gremio, quienes cuentan que solo familiares y amigos de los actores van a ver las funciones.

Está clarísimo que el Teatro Adolfo Mejía no tiene carteleras ni programaciones frecuentes e importantes, y que medio se sostiene con el alquiler para eventos privados.

Está en curso la estrategia ´Puertas abiertas, teatro incluyente´, una convocatoria del IPCC para seleccionar artistas y grupos culturales, para mantener una agenda permanente en el Teatro Adolfo Mejía. Ojalá funcione.

Pero resulta necesario que se inicie una pedagogía para el público cartagenero. Hay que devolverle a la ciudad el gusto por las artes, y el deseo de pagar por disfrutar las expresiones artísticas. Si no pensamos que la Cultura puede ser una industria poderosa, seguiremos viendo cómo se trasladan a otras urbes nuestros aquí frustrados talentos artísticos.

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