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Fiscal vs. presidente y viceversa

“En la pelotera entre el presidente y el fiscal ganan ellos y pierde la nación; saben muy bien quien que esa confrontación pública les hace subir sus índices de apreciación entre sus parcializados seguidores...”.

Hace algunos meses comentamos aquí el rifirrafe creciente entre el fiscal general y el presidente, para referirnos a lo inconveniente que le resulta al sistema constitucional de colaboración armónica entre los poderes públicos, confrontaciones inanes, pero hirientes entre altos dignatarios que en nada contribuyen a que mejore la calidad del servicio de justicia y de la gestión de lo público.

Desde entonces, la escalada en esa tirantez ha llegado al límite del absurdo, como el reciente episodio en el que, en respuesta a los dardos innecesarios y abusivos lanzados por el presidente, el fiscal general le recordó a aquel su pasado guerrillero y dijo estar listo para enfrentarlo. Para más señas, transcribimos un aparte del mensaje, en el que se nota una agresividad entre altos funcionarios del Estado que no conocíamos y que no podemos normalizar:

“En Colombia existe el debido proceso; aquí no estamos en una organización criminal donde seguramente él participó cuando él participó en el M-19, en donde las decisiones se tomaban rápido y sin debido proceso”.

Tal como lo dijo el mismo fiscal, en el país rige un Estado de Derecho; por lo mismo, la respuesta a ello no pueden ser expresiones como “... si el presidente quiere un enfrentamiento con la institucionalidad... estoy listo a darlo en cualquier momento... aquí nos defendemos y nos vamos a defender...”.

Como lo expresamos en otro momento, en la pelotera entre el presidente y el fiscal ganan ellos y pierde la nación; saben muy bien que esa confrontación pública les hace subir sus índices de apreciación entre sus parcializados seguidores, pero nada le aportan a la cruda realidad, que permanece inmóvil a pesar de las promesas de cambio, por un lado, o de justicia eficiente, por el otro, pues lo que las gentes necesitan es que se reemplace a la corrupción por la decencia, las diatribas infértiles por la gestión eficiente y, en vez de muestras penosas de egolatrías como las que caracterizan al presidente y al fiscal, espíritu de desprendido servicio al prójimo.

Algo está pasando en las altas esferas de poder capitalinas. Es que, en vez de enviar mensajes desde Bogotá al resto del país, de mentes portentosas y almas de grandeza, lo que nos llega desde el curubito del poder es el mal ejemplo. Desde allá se ven y se piensan como que dictan la línea de hacia dónde debe marchar el país, como si fuera bueno; pero es todo lo contrario.

No tiene sentido aprender algo de lo ridículo, absurdo y descompuesto que sale de la boca y de los gestos de esos ciudadanos poderosos, que es lo que queda del diálogo de sordos, o entre congresistas, o entre miembros del Ejecutivo y de la Fiscalía. Por fortuna, aún el resto de la Rama Judicial procura mantener un ambiente de respetabilidad y coherencia en las relaciones entre los distintos poderes del Estado.

¡Cuánto espíritu de grandeza hace falta en las cumbres del Estado!

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