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Educación para pobres

“En esta trascendental materia vamos en reversa sin que se adopten medidas adecuadas que eleven las habilidades y competencias de nuestros estudiantes”.

Tal como lo hemos mencionado tantas veces en esta tribuna, la educación que brinda el sector público es deplorable y no contribuye con eficacia al desarrollo de las vocaciones de tantos niñas, niños, adolescentes y jóvenes colombianos, que parecen condenados a replicar los ciclos de pobreza que padecen las familias en las que inician sus periplos vitales.

Este diciembre, otra vez, los resultados de las pruebas Pisa de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestran la debacle que todos sabemos sin necesidad de leer informes, pues la comunidad ve crecer a nuestros niños sin las herramientas necesarias para desplegar con libertad y sentido crítico sus dones naturales y capacidades reflexivas.

Las enormes inversiones que cada año se hacen en el territorio patrio en educación, que es el mayor rubro en el Presupuesto General de la Nación desde hace lustros, no se reflejan en una mejoría en el sistema educativo; por el contrario, en esta trascendental materia vamos en reversa sin que se adopten medidas adecuadas que eleven las habilidades y competencias de nuestros estudiantes.

La pregunta obvia es por qué nos va tan vergonzantemente mal, si cada cuatrienio los gobiernos incrementan notablemente las asignaciones para la Educación, con lo cual las condiciones laborales de los docentes y la infraestructura educativa crecen, pero nada contribuye a mejorar la calidad, que es lo que finalmente concede los insumos necesarios a nuestros educandos para que salgan al mercado a conquistar sus sueños con la idoneidad que un mundo tan exigente reclama.

Y no hay que imitar a los países lejanos que nos superan con creces en esta materia, como Singapur. Basta ver qué están haciendo en Chile, que de lejos nos supera, y es una cultura más parecida a la nuestra. O simplemente quedarnos en Colombia y aprender de tantos colegios privados y algunos públicos que ranquean a nivel de los mejores de la OCDE, lo cual indica que acá tenemos la posibilidad de ofrecerles a nuestros hijos educación de calidad, sin que haya razones externas a la pobreza que lo impidan, puesto que lo que cuesta la educación de un niño en las instituciones públicas es muy parecido a lo que pagan los padres en un buen colegio privado.

No se discute que un sistema educativo que no ofrece lo que promete a sus destinatarios, y que no les acompaña en valores sólidos, en la lucha contra sus fantasmas y temores, en sus expectativas de vida y en la tranquilidad mínima para poder concentrarse y estudiar con naturalidad, solo puede provocar frustración, deserción y resentimiento, salvo cuando el joven crece rodeado de amor o de una adversidad bien asumida.

El Gobierno está planteando reformas. Si la guía es la ideología y no el pragmatismo, se profundizará el fracaso que nos avergüenza. Antes de eso hay que contestar a las preguntas: ¿Podemos mejorar? ¿Qué debemos hacer?

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