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Zapatos viejos

En la antigua Roma el estatus era todo, como hoy, era más importante parecer que ser. Así se vivía más del que dirán en la calle que del qué hay de comer en casa. Y todo empezaba por los pies. Los nobles llevaban un calzado de fina suela, cerrado hasta la pantorrilla; los soldados lo llevaban con doble suela reforzada con clavos y los esclavos usaban zapatos viejos remendados. En medio del espectro había unas suelas rústicas con correas de cuero entre los dedos; estos debieron ser los abuelos de nuestras cómodas y tradicionales abarcas tres puntá. Su uso en la calle era muy mal visto hasta cuando el par de orates de Tiberio y Calígula se pasaron por alto tales códigos de vestir para andar por ahí, con sus viejas y confortables chancletas.

El domingo pasado, cuando leí la columna de Javier Ramos ‘Eso solo pasa en Cartagena’ recordé con dolor la frase “caterva de vencejos” con que hace más de 100 años ‘El Tuerto’ López magistralmente nos describió. Su genialidad se corrobora, con frustración, en la perenne vigencia de sus hermosas estrofas. La admiración por él se agiganta cuando, solo hace poco, la biología descubrió que estas aves, los vencejos, vuelan errabundas hasta por 10 meses seguidos. Así, buenos para nada, han sido, y son, nuestros dirigentes, y tal vez todos los cartageneros, por haber cohonestado, en vergonzosa espiral decadente la ineptitud, corrupción, desequilibrio social y falta de autoridad que nos han hecho merecedores de la parábola del balde de cangrejos que mencionaba Pedro Mogollón y de la vergonzante frase ‘Eso solo pasa en Cartagena’, con un permanente “sálvese quien pueda” y con ese abandono de los zapatos viejos en el cuarto del olvido.

Otros italianos, en un lujoso barrio de Milán, fabrican zapatos de más de dos millones de pesos el par. Según The New York Times esta empresa de artesanos ahora estableció un elaborado proceso que comienza con la limpieza y lavado, de zapatos viejos; máquinas ultramodernas, que desinfectan con ozono, contrastan con el ancestral aroma del pegamento. Luego cambian la suela y le colocan el toque que los hace únicos y personalizados. Así fabrican unos zapatos nuevos, pero con rasguños, deshilachados o manchas artísticas que les dan el carácter de usados. Una Cartagena como calzado nuevo que conserve las cómodas y hermosas características de los zapatos viejos fue probablemente lo que quiso ‘El Tuerto’ López con su ‘A mi ciudad nativa’. La bucólica y legendaria ciudad debería amalgamarse con una ciudad de todos y para todos con la utópica perfecta imperfección de un zapato viejo pero nuevo. Como la marca de zapatos italiana nuestro lema, para Cartagena, debiera ser “hecha con responsabilidad”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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