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¿Y ahora qué?

En enero de 1981, después de graduarme del Colegio de La Salle de Cartagena, entré a estudiar ingeniería civil en la Universidad de Los Andes. A finales de ese primer semestre estalló una huelga de empleados de la universidad, que fue apoyada por jóvenes del movimiento estudiantil liderados por Dick Salazar, estudiante de derecho. Al final de la huelga Dick fue expulsado de la universidad y luego se hizo conocido por su magnífica caricatura Locombia en El Espectador. Ese fue mi primer encuentro con la otra realidad de nuestro país, muy distinta a la de mi reducido mundo del colegio.

Entonces al famoso Campito de Arquitectura de Los Andes vinieron las presentaciones de la agrupación musical Son del Pueblo, vinculada al MOIR, en la que participaban César Mora, Bruno Díaz, y el maravilloso y recordado marionetista cartagenero Camilo de la Espriella. Recuerdo que les compré un casete con su música y les recibí un panfleto con algún mensaje revolucionario. Y entonces me embobaba frente al televisor viendo los discursos de Fidel Castro; en los planes de chimenea y guitarra siempre terminaba cantando “La maza” de Silvio Rodríguez, sin saber qué quería decir su letra; llegó a mis manos un libro pequeño que contaba la historia del M-19, y lo leí fascinado. Entonces cuando pasaba por algún edificio en construcción me preguntaba por qué, si los obreros eran los que hacían las actividades físicas que levantaban ese edificio, el edificio no era de ellos. En fin, era un revuelto de idealismo, romanticismo, ignorancia y búsqueda de justicia social típica de un joven que aún no ha estado expuesto a la vida real.

Y entonces un día mientras hacía fila para renovar mi visa para un sueño, vi las tanquetas del ejército pasar por la kr. 13; desde las alturas del Campito de Arquitectura vi las humaradas del Palacio de Justicia; y esa aura romántica que veía alrededor del M-19 comenzó a desdibujarse.

A comienzos de 1988 regresé a Cartagena y comencé a trabajar en una empresa en Mamonal, y a los pocos años tomé la decisión de “independizarme” y hacer empresa. Con el tiempo comprendí que, más que independizarme, comencé a ser dependiente de los compromisos que adquiría, no solo con los empleados, sino con los clientes, los proveedores, los bancos, el fisco y una interminable lista de entidades administrativas y gubernamentales, y tuve que aprender a tomar riesgos y convivir con cierto nivel de incertidumbre. Pero el pasado domingo 19 de junio ese nivel sobrepasó el umbral acostumbrado.

¿Y ahora qué? Pues, más allá de esperar que este nuevo gobierno logre corregir al menos una parte de los errores que venimos arrastrando, sin acabar con lo bueno que se ha construido, que no es poco, lo que nos queda es aprender a convivir con este nuevo nivel de incertidumbre, a seguir trabajando con ganas, y a ser cada vez mejores personas, mejores ciudadanos y más empáticos con nuestro prójimo. El resto, se sale de nuestras manos de colombianos rasos.

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