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Verdad y opinión

“Todo lo que se afirma sin pruebas, puede ser negado sin ellas”. Euclides.

Parece extraño que hoy, con tantas herramientas virtuales que facilitan la comunicación efectiva y la trasmisión de información, la verdad sea tan esquiva. Es tanto el material que circula en las redes que la confusión y el engaño hacen fiesta permanente perjudicando gravemente la confianza social, por lo menos de los que se resisten a tragar entero.

Una de las conquistas democráticas más importante es la libertad de difundir sin cortapisas el pensamiento y opinión, derecho fundamental consagrado en nuestra Constitución Política que al tiempo impone una ponderada limitante a quien opina e informa y es que el contenido socializado sea veraz, imparcial, que se ejerza con responsabilidad social y se permita la rectificación en condiciones de equidad.

Fruto del ejercicio de estas libertades estamos constantemente informados, lo que nos facilita adoptar opiniones. Sin embargo, también enfrentamos un efecto negativo y es que la mentira vuela y casi que, con mayor rapidez, generando efectos nefastos ya que decisiones vitales están ancladas en la falsedad. Situación que se ve con más fuerza cuando de campañas políticas se trata, pues el fingimiento aparece como eje central de estrategias que buscan enlodar el buen nombre -de quien goza de él- a través de titulares espurios, fake news, verdades a medias y sobre todo, con la tergiversación de circunstancias, convirtiendo en perdedor no al contrincante sino al receptor del material que creyendo estar en presencia de la verdad termina siendo poseedor de falacias y sufriendo las consecuencias de la tramposa desinformación.

Justamente por esas razones se hace necesario concientizar sobre el papel y la responsabilidad social de los medios de comunicación, estos, antes de emitir cualquier noticia están en la obligación de corroborarla y buscar evidencias que confirmen lo dicho por su fuente, más aún si esta es reservada. Y es que, bajo el amparo legal de la reserva absoluta de la fuente, muchos inescrupulosos han tenido patente de corso para inventársela, tergiversarla, manipularla; otras veces es la fuente quien engaña e instrumentaliza al medio para que actúe como caja de resonancia de la farsa, dinamitando el prestigio de otro y sembrando en la opinión pública un conocimiento equivocado.

Por eso transmitir información es un gran poder que conlleva a una enorme responsabilidad y es el de actuar con ética y rigurosidad, pues las libertades no son diferentes dependiendo de las personas, son iguales para todos. De ahí que, aun cuando creemos que se debe seguir manteniendo la reserva de la fuente, es indispensable que exista un control, un punto medio en el que se exija un ejercicio periodístico serio, documentado, pero, sobre todo, enmarcado en el contexto de la verdad objetiva, fundada en evidencias y no en las simples afirmaciones con tufo de difamación.

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