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Tragedias personales

Esta semana me tocó vivir directamente el suicidio de un joven de 21 años en Arroyo Grande, a quien vimos en varias ocasiones buscar opciones para su vida, experiencia que uno escucha con frecuencia, pero solo lo dimensionamos cuando nos llega muy cerca, circunstancia que no deseamos a nadie. En Colombia estamos acostumbrados a ver por los noticieros o a escuchar a otras personas por hechos como secuestros, asesinatos, masacres o suicidios de jóvenes. Casos que obviamente no deberían ocurrir, pero desafortunadamente parece que como sociedad nos hubiéramos acostumbrando a ello, sucesos que no nos llegan de cerca o no nos tocan directamente. Cada persona asesinada, joven o adulto que se suicida es una perdida difícil de soportar en lo personal y que en lo colectivo no debería suceder.

Siento que como sociedad no hemos vislumbrado claramente el drama de miles de jóvenes, que además de los efectos por la pandemia vienen sufriendo desde hace algunos años la falta de esperanzas, de opciones de vida, de ocupación y de ausencia de perspectivas personales. Lo que hace unos meses decía de la desesperanza aprendida, la realidad nos lo restriega todos los días y la impotencia nos sumerge en una mezcla de pesimismo y desconfianza, en especial con las instituciones responsables de la “vida y el bienestar de todos los ciudadanos”. Este joven, como la mayoría de los que toman la decisión de quitarse la vida, no era un ‘nini’, o sea que ni estudian ni trabajan. Este año se graduaba de bachiller en la jornada nocturna, pues el colegio formal lo excluyó por la dificultad de los docentes de entender a jóvenes con ideas, creatividad y perspectivas distintas a las que su entorno les ofrece. Se presentó de voluntario al servicio militar, pero no fue aceptado. Realizaba cualquier trabajo, lo que su medio le ofrecía, pero tal vez lo que menos quería era seguir viviendo sin mayores horizontes y sin apoyos para realizarse en sus sueños.

¿Sabemos con certeza cuáles son las opciones para los jóvenes, en especial de sectores populares, del perímetro urbano o rural de la ciudad, frente a su futuro?, ¿en qué entidades públicas pueden confiar o creer para apoyarse en sus ideales?, ¿qué estrategias tienen las instituciones educativas para captar y atender a los adolescentes y jóvenes que no tienen mayores opciones en su vida? No podemos seguir pensando que los problemas de los jóvenes son de ellos y sus familias.

Como lo dice la Ley de Infancia y Adolescencia, ellos son responsabilidad del Estado, de la familia y de la sociedad. Cada uno debe hacer la parte que le corresponde para propiciar opciones a otros. Todos podemos hacer algo para que la vida de cada persona tenga sentido, ayudar a abrir puertas, a generar confianzas y construir puentes.

Si estima que puede aportar algo, hágalo por cualquier medio. Si piensa que a través del Observatorio de Infancia y Adolescencia Ángeles Somos lo puede hacer, nos puede contactar en el correo: angelessomos@gmail.com

*Sociólogo.

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