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Síndrome de Stendhal

Caminaba por el puente viejo, su corazón intentaba inútilmente de avisarle a su cuerpo que aminorase la velocidad de sus pasos sobre el vetusto empedrado. Abajo, las trémulas aguas del Arno pretendían apaciguar su alocado espíritu que debía escoger entre ir al palacio o a la iglesia. Salió del puente, aceleró el paso mientras cruzaba a la derecha para llegar a la primera estación de sus anhelos.

La espléndida y emblemática imagen quedó atrás. La proximidad escogió por él dejándolo en el palacio. Allí la incertidumbre le golpeó en el rostro. ¿Qué ver primero?, ¿la Virgen de Rafael?, ¿la Sagrada familia de Miguel Ángel?, ¿la Venus de Botticelli? Y después lo esperaban los restos de Maquiavelo, galileo y Miguel Ángel en la basílica de la Santa Cruz.

El tiempo corría más raudo que su plácida lentitud por apreciar tanta belleza. Sentía el corazón en su sien derecha y una presurosa opresión en el pecho ascendía hasta su garganta, nublaba su visión, mientras un sudor frío bajaba por sus temblorosas manos. Creyendo cercana la muerte debió abandonar, momentáneamente, la sala en busca de la serenidad perdida. Fue Stendhal, el escritor, quien vivió lo anterior y lo dejó plasmado en una de sus magistrales obras, hace más de 200 años. Hace unas décadas la medicina llamó síndrome de Stendhal a todo ese cortejo de síntomas que algunos presentamos cuando enfrentamos la majestuosidad extrema y la desbordante belleza del arte y que oscilan entre ansiedad, angustia y pánico. Mientras unos lloran de emoción, otros muchos reniegan de sus sentimientos o los camuflan en flemática apatía. Y sí, habrá varios que, ni fu ni fa.

Y así es en la vida; mientras Rusia hacía y deshacía con Ucrania, hace 8 años, el mundo entero miró a otro lado. Y ahora igual, el genocidio y la destrucción de una nación son presenciados por organizaciones inanes creadas precisamente para evitar tales desmanes. Entre tanto algunos, con las uñas, ayudan como pueden mientras naciones vecinas acogen a millones de ucranianos. La ONU habla de 5 a 10 millones de desplazados, número similar a los venezolanos desarraigados y a los colombianos que han sufrido ese doloroso desplazamiento. Ante la cruda realidad oscilamos entre una pasividad absoluta y el terrorismo extremo. Ambas actitudes llevan al suicidio de una nación, sin embargo, el pasivo abstencionismo sería el origen.

En los próximos dos meses los candidatos deben convencernos de acabar con esa macabra apatía abstencionista y dejar claro, además, que no hay lugar para los violentos en la Colombia del futuro.

La Montaña mágica dijo del humanismo: “Una actitud de sublevación contra todo lo que mancha y deshonra la idea del hombre”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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