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Sindemias post pandemia

Por décadas ejerció un poder omnímodo y amplió las fronteras de la madre Rusia casi al infinito. Un día cualquiera Iván, el del terror, entró a los aposentos de su hijo; allí, sin razón, agredió a su nuera, a la sazón embarazada. Su hijo intentó defenderla, con las resultas que el Zar enloqueció y, sin medir sus actos, lo golpeó mortalmente. Así, en un instante destruyó siglos de historia y su linaje.

Un dramático cuadro resume la tragedia: un Zar envejecido, horrorizado, yace arrodillado mientras sostiene entre sus brazos a su hijo de cuya cabeza mana sangre mientras escapa la vida. Se habla de filicidio cuando un padre o una madre mata a un hijo. El símil puede parecer exagerado, pero eso parece decir el último informe de la UNICEF que reconoce que la COVID-19 es la peor crisis de la infancia en los 75 años de historia de la organización. Muchos de los avances están en riesgo de perderse tras dos años de pandemia: más de 1.600 millones de niños confinados por meses, muchos de ellos desprotegidos contra la violencia y abuso de sus mayores; más de 1.000 millones sufren privación grave (pobre acceso a educación, salud, vivienda, nutrición, agua y/o saneamiento); más de 160 millones condenados al trabajo infantil; más de 50 millones padecen la peor forma de malnutrición; millones en riesgo al no recibir las vacunas esenciales; además, uno de cada 5 adolescentes tiene problemas mentales y tendrán 10 millones de matrimonios por culpa de la pandemia.

Números fríos y lejanos si no fueran acompañados con la dolorosa realidad de epidemias que por estas calendas padecen padres, maestros y sociedad en general: el suicidio disparado; niños y jóvenes con mínimos niveles de tolerancia; peleas y agresiones en los colegios; y adicciones de todo tipo.

Tales epidemias eran ya complejas antes de pandemia, pero, ahora se han desbordado. En retrospectiva parece haber sido innecesario haberlos encerrado cuando el riesgo para ellos era mínimo.

Mirar hacia atrás para criticar y cuestionar resulta fácil y cómodo, pero lo cierto es que debe ayudarnos a aprender para esta y futuras crisis. La pandemia encerró a una infancia y juventud que ya se encontraba enclaustrada en la burbuja tecnológica. Para ellos, a su modo de ver, un mundo de adultos que los encerró, luego y sin preparación alguna, los devolvió a una realidad desconocida.

El futuro, ellos, “depende de las prioridades que establezcamos en el presente”, ha dicho UNICEF. Cuando aún hay pandemia por sobrellevar y no tenemos claro ni cuándo ni cómo terminará es fundamental revisar lo andado y acompañarnos. Lo decía Juan Bosco: “Los jóvenes no solo deben ser amados, sino que deben notar que se les ama”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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