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Respeto y opinión

Es indiscutible que opinar es una de las libertades otorgadas a todos los ciudadanos por la Constitución Política. No obstante, es común encontrarse con personas que evitan referirse a algunos temas tabúes o problemáticos por temor a los ataques de quienes no piensan igual. Pues en esa misma libertad nos malacostumbramos a respetar solo la opinión que se ajusta a nuestro interés o ideología, trastocando el verdadero sentido de esa garantía.

Los derechos transitan en doble vía junto con los deberes. No es lógico pretender decir lo que se quiera, como se quiera y al tiempo amordazar al contradictor. Se ha normalizado el hecho de discutir no con argumentos sino con ofensas, el ejercicio de opinar se convirtió en una lucha de egos en la que los interlocutores no dan su brazo a torcer y no están dispuestos a replantear los preconceptos. La humildad que caracteriza y garantiza el avance del conocimiento se muestra ausente en la mayoría de las controversias.

Hemos olvidado que la sabiduría de los discursos depende de la constante construcción y evaluación y que, para ello, se requiere estar abierto a ceder, en el fondo y las formas, así como desaprender y disponerse a escuchar criterios novedosos, en contra o a favor y así fortalecer y hasta cambiar el propio. Hoy, por el contrario, se enfrascan en un pensamiento arraigado por sí solo que los convierte en fanáticos, no atienden a ninguna circunstancia objetiva, se desprenden de la razón y simplemente tienen fe ciega en algo, no se sienten en la necesidad de ver ni de estructurar evidencias para gestar el conocimiento, en esa dinámica construyen ídolos, a los que le justifican cualquier cosa que hagan y digan por equivocada que sea.

Las redes sociales han sido el escenario perfecto para anidar estas situaciones, incluso se ha elevado el nivel a medios de comunicación más formales. Lo cual veo problemático desde que se reproduce la información no desde la razón, objetividad e imparcialidad, sino desde el fanatismo, pues, cuando un canal informativo es fanático, no le importan las posturas diferentes a su ideología y solo refleja aquellas que alimenten su concepto y ego.

El respeto por el disenso es vital, por eso siempre será importante ponderar el efecto de nuestras opiniones. No es posible maltratar o excluir a quienes piensan diferente, mucho menos subvalorar la opinión contraria apelando a múltiples falacias. Recordemos que no es ciego ni “bruto” quien enfrenta tu argumento, simplemente tiene otra perspectiva que puede ser importante. Opinar con libertad es toral para la democracia, siempre y cuando aquellos derechos sean generales y sin limitaciones fundadas en intereses particulares. Como dijo Voltaire: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

*Abogado.

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