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Perdón social

La ciencia política ha analizado el problema del orden social —es decir, el de cómo construir una sociedad en la que nadie viva con miedo de que otros violen su seguridad— en términos de dos soluciones clásicas.

La primera fue planteada por Thomas Hobbes en “El Leviatán”, publicado en Londres en 1651. Desde entonces, esta obra ha configurado la manera tradicional de abordar el orden público y la seguridad ciudadana.

Según Hobbes, solo la creación de un Estado que cuente con la suficiente autoridad para vigilar y castigar a los miembros del cuerpo social, de tal manera que ninguno tenga incentivos para amenazar o atacar la vida, integridad y propiedad de ningún otro, puede garantizar que todos estén seguros y puedan vivir sin temor a los demás.

Esta visión de la seguridad y el orden ha sido tradicionalmente llevada a la práctica mediante la institucionalización de la idea de que todos los ciudadanos están sujetos por un contrato social imaginario que justifica la imposición real de dispositivos de vigilancia, control y castigo, que adquieren la forma de cuerpos de policía, cámaras, multas, cárceles, etc.

La otra solución clásica del problema del orden social fue planteada por el politólogo y matemático Robert Axelrod en su obra “La evolución de la cooperación”, publicada –no sin cierta ironía poética– en 1984.

En ella, Axelrod demuestra que para garantizar el orden social y la seguridad no es necesario un Estado que ostente la autoridad de vigilar y castigar a la ciudadanía.

Aun en un mundo hobbesiano en el que el riesgo permanente es que haya unos que quieran aprovecharse del esfuerzo y la cooperación de otros, las personas pueden llegar a sumar voluntades y a cooperar entre sí, de manera sostenida en el tiempo, si existen grupos significativos de ciudadanos que adopten una estrategia (una ética) de amabilidad, reciprocidad y perdón condicional. Tal estrategia consiste en comenzar toda relación cooperando, y de ahí en adelante siempre responder a lo que haga el otro con la misma moneda, cooperando con quien coopere hoy, sin que importe si cooperó o no en tiempos pasados.

De acuerdo con esta visión evolutiva de la cooperación, la clave para vivir en paz –en orden y con seguridad– no está en la resignada aceptación de una mano firme que tan solo aferra un vacío, sino en la decisión política de facilitar espacios, momentos y procesos de encuentro, intercambio y diálogo, a partir de los cuales puedan surgir visiones compartidas de futuro que le den sentido a asumir el riesgo de adoptar una ética de amabilidad, reciprocidad y perdón social.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del Programa de Ciencia

Política y RR. II., UTB.

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