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Ni colectivismo, ni individualismo

A diferencia de lo ocurrido en la Edad Media, en la Modernidad el individuo se convirtió en el centro de la sociedad, la cultura y el Estado. Desde entonces existe un debate irresoluble entre colectivistas e individualistas, pues mientras los primeros sostienen que los intereses comunes priman -o deben primar- sobre los particulares, los individualistas afirman lo contrario.

A los colectivistas se les abona que fomentan valores sociales positivos (solidaridad, empatía, altruismo, cooperación) y se centran en la solución de las necesidades objetivas (supervivencia); sin embargo, cuando se dogmatizan promueven el paternalismo (el individuo cree que la comunidad debe hacerse cargo de su vida), fomentan la envidia social y suprimen (limitan) la autonomía e iniciativa privada, y a contracara justifican – lo muestra la historia- gobiernos totalitarios (nacionalsocialismo), dictaduras de partido (estalinismo) o populismos, cuyos líderes dictaminan al individuo qué hacer, sentir o pensar.

A los individualistas se les abona que fomentan valores personales positivos (autorrealización, autodominio, autonomía personal, competencia) y se centran en la solución de las necesidades subjetivas (bienestar, calidad de vida); sin embargo, cuando se radicalizan promueven la insolidaridad social y al narcisismo (el individuo cree que no existe lo social, al decir de Margaret Thatcher: “No existe tal cosa, tan solo individuos, hombres y mujeres”), fomentan la avaricia y la codicia y estimulan el egoísmo racional y calculador (homo economicus), y a contracara justifica -lo muestra la historia- oligocracias o plutocracias que producen inequidad, pobreza y desigualdad.

Mi tesis -discutible- es que los países exitosos y viables armonizaron las dos polaridades (individuo-colectividad) como en el caso de China y Norteamérica: la primera colectivista, pero fomenta la iniciativa privada; el segundo individualista, pero no descuida la solidaridad y la cooperación social. El resultado: sociedades estables, con bienestar y calidad de vida. Dos casos contrarios son el de Cuba y Chile: el primero colectivista, sin iniciativa individual; el segundo individualista, con poca solidaridad. El resultado: sociedades empobrecidas o inequitativas.

En la retórica de los ministros (as) del actual gobierno se puede observar varias narrativas entreveradas que reflejan la anterior tensión. De un lado, los colectivistas-utópicos que descreen de la iniciativa privada, le apuestan al asistencialismo y al redistribucionismo y aún creen en el socialismo del siglo XXI, de otro lado, los colectivistas-retrotópicos que creen en la iniciativa privada, pero limitada, y tienen una visión distópica del futuro como consecuencia del problema climático y ambiental y, finalmente, los socialdemócratas, que quieren transformar el modelo económico por uno más incluyente y solidario, sin descuidar la iniciativa privada, al estilo de Corea del Sur, dijo el presidente. ¿Cuál se impondrá? Dentro de poco lo sabremos.

*Profesor Universitario.

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