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Mérito y perdón

Se abrió paso a expensas de volubles lealtades hacia el poderoso. Aceptó encargos que otros rechazaban por remilgos éticos o morales. Ascendió en la tortuosa escalera del poder ruso y entró a un grupo encargado de espiar, descubrir o inventar complots para castigarlos con la muerte o el destierro a Siberia.

Cuando el poderoso presintió su final, obnubilado, lo señaló con el dedazo como su elegido. Camaleón que mudó la piel del poder para perpetuarse en él dejando cuestionamientos sobre traiciones y homicidios.

Lo anterior podría bien ser la hoja de vida del actual zar. Sin embargo, es un extracto de Boris Godunov. No es claro hasta dónde se imbrica el Godunov histórico, hace 500 años, con el que magistralmente describió Pushkin más de 200 años después y con el héroe de hoy en el imaginario colectivo.

Seguramente el Godunov real tiene claroscuros de los tres: engrandeció la madre Rusia, agigantó su geografía y promovió la hegemonía de la iglesia ortodoxa; esclavizó los siervos a la tierra; usufructuó el poder y la confianza de Iván el terrible, para luego regentarlo ante la limitación mental del hijo mayor de este y finalmente convertirse en zar ante el aparente homicidio del menor, Dimitri. Todo en uno.

Pero la vida se las cobró con creces, tragedia personal, eterna incertidumbre de traición y desconfianza universal lo llevaron a perder a manos de un calculador enemigo que usurpó el nombre de Dimitri apoyado por la nobleza, Polonia y Lituania.

La culpa y la locura lo llevaron a la antesala de la muerte. Allí pidió perdón mientras su reemplazo, el falso Dimitri, ofrecía el perdón a todos, nobles y siervos. ¿Realidad o ficción? Godunov y Dimitri son iguales en la frialdad calculadora con que usan la procedencia noble de uno y la pobreza del otro como instrumentos. Los dos son traficantes, mercaderes del poder. Otra lección de Pushkin es que el poder ejercido de buena manera no puede ser bueno cuando nació corrupto.

Algo similar ocurre por estos lares y calendas. En 40 días tendremos que escoger uno o dos. Antes deberíamos revisar lo que hicieron y no hicieron los candidatos para llegar a donde están, lo que prometieron y no cumplieron, lo que juraron no hacer y finalmente hicieron y con quienes se juntaron para ascender al poder.

La tiranía del mérito debió obligarlos a todos, una élite de elegidos, a ser mejores, más nobles y por tanto más capaces en todo lo bueno, tanto para perdonar como aceptar que ellos debieran estar exentos de perdón. Bueno, si no encuentran uno solo, y no es sugerencia, está la opción del voto en blanco.

Lo decía Benedetti: “La solución no es pedir perdón, sino evitar los estallidos que hacen obligatorias las excusas”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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