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Maternidad en “recesión”

En España, la tasa de natalidad va a la baja. Hoy está por debajo de 1,3 descendientes por mujer. Las razones que motivan este fenómeno, según explica El País en el reportaje titulado “Un país sin hijos: radiografía de la baja natalidad en España”, están centradas en “la falta de ayudas públicas, la pérdida de ingresos laborales para las mujeres tras la maternidad, la dificultad para conciliar y la escasa corresponsabilidad de muchos hombres en la crianza”.

Desde hace un tiempo he visto en redes sociales un pedido constante: no romantizar la maternidad. La petición tiene como objetivo develar la realidad detrás del parto, de la lactancia, de la crianza, de la vida en pareja después de la llegada de un hijo... y sí, tienen razón, ser madre tiene sus matices y definitivamente no todas tienden al rosado como color predominante en esta acuarela.

Tiene sus matices, porque, aunque muchas crecimos con esa idea fija de que ser mamá era nuestro gran sueño, en el camino pudimos darnos cuenta que quizá exageramos, o como diríamos popularmente, la embarramos. No porque no amemos a nuestros hijos, lo hacemos. Yo definitivamente no cambiaría nada de mi vida si estoy segura que todo terminará de una u otra forma con Nicolás en mis brazos, pero no les mentiré, no es todo color rosa, de hecho, muy pocas cosas lo son en la maternidad.

Parir significa un montón de dolores, sea la técnica que sea, una revoltura de hormonas, cambios en el cuerpo, una constante sensación de angustia a que algo salga mal, un aumento exponencial de la inseguridad en cada paso que das. Tener a un bebé en tus brazos significa que no importa si tu hijo duerme mucho o poco, si come mucho o poco, si llora mucho o poco, todo te preocupará, sea el caso que sea.

Pero lo más lesivo no viene de esta relación natural de madre e hijo que significa un montón de sobresaltos por su novedad, lo más duro viene de afuera, de eso que no tenemos, que no se nos da. La poca ayuda paterna para asumir su corresponsabilidad en la ecuación familiar, y un mercado laboral que te creerá menos productiva si escuchan al fondo de la videollamada a un bebé llorando, sin contar con el tiempo que no tendrás disponible para el bebé y que te hará sentir mala madre. No hay forma de ganar.

Y sí, es cierto que ves a tus hijos a los ojos y sientes que todo vale la pena, pero ¿opinarías lo mismo si esos ojitos no estuvieran ahí y pudieras elegir no enfrentarte a esas situaciones? Yo no soy quién para responder porque ya veo a esos ojitos que me ponen nerviosa pero también me revelan una fuerza interior que no sabía que existía en mí. Así que hoy, feliz día a quienes son mamás en medio de adversidad o con vientos a favor, ¡son unas guerreras! y a quienes decidieron no serlo, felicidades también, he ahí el poder de la libertad de elección.

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