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Lola en Roma

Entré al restaurante Trattoria Pirelli en Roma y ordené una pasta como las que preparaba en Cartagena Divo Cavicholi. Recordaba que el restaurante de Divo era el único que manejaba dos cartas del menú, una para los amigos que le caían bien al dueño para que se quedaran, y otra para los que le caían mal, para que se fueran. En Roma me encontré con Lola, que estaba en el restaurante con su amante. La vi desmejorada, ni sombra de aquel espectáculo de mujer que tanto nos trasnochaba en el callejón de Los Besos de Manga. Al amante, 40 años atrás lo habíamos visto esperando taxi en lamentable estado, espelucado, peleando la cuenta con unos guitarristas del Páramo en la calle Real del barrio.

Ahora en Roma lo sentí nostálgico, decía querer regresar a Cartagena para escribir sus memorias. Recordaba que fue en el Fuerte del Pastelillo donde por primera vez amó a Lola, en la tronera cerca al armerillo y encima del cañón principal. El lugar más expuesto durante incursiones de piratas y filibusteros. Lola, por el contrario, mostrando sus disminuidas piernas color canela, lucía falda corta y un escote atrevido como Sophia Loren en sus últimas películas. No se resignaba, convencida de que todavía faltaban otros capítulos para cerrar el telón de sus batallas.

Algunos decían en Cartagena que don Manuel Mainero, “Barrilito”, el abuelo de Alfredo Mainero, fue el descubridor de Lola. Él siempre pasaba a pie frente a su casa y hacía unas extrañas paradas pidiendo agua. No supimos cuántos galones tomó, pero era evidente que durante mucho tiempo Lola calmó su sed ante la terquedad de no utilizar su flamante automóvil. Hasta cuando llegó este caballero espadachín, bailador y buen bebedor de “Tres Esquinas”, que en un santiamén se tomó la casa oscura del callejón de Los Besos, donde pasaba días sin salir. A partir de ese momento don Manuel caminaba a paso lento frente a la casa de Lola, mirando de reojo la ventana en donde las siluetas hacían fiesta.

Un tiempo después sonaron las guitarras de Fernando Torrente, Eduardo García, el Mono Palacio, Néstor Madariaga y la extraordinaria voz de Leticia Alegue. En la cancha de Manga, la avenida Miramar, el Fuerte San Sebastián del Pastelillo y el club de Pesca, tan cercanos a nuestros afectos, surgió toda una historia donde el mar Caribe como protagonista de sensibles evocaciones nos regaló un barrio único y feliz. Lola siempre despertará nuestros recuerdos más recónditos, porque éramos muchachos cuando la conocimos y en el embrujo de boleros y danzones se hacía notar bailando como diosa en su ventana. Si regresa encontrará otra ciudad, otro barrio y un callejón donde la modernidad se llevó hasta el encanto de sus besos.

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