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Lo ancestral extendido

Hace más de un año, en Mesa Capital con Carolina Sanín, Francia Márquez hizo una sobrecogedora descripción de cómo viven las poblaciones étnicas y raizales de Colombia: asediadas, aisladas, empobrecidas, abandonadas y violentadas; su condición es de agonía, o sea, lo que está en juego es la supervivencia.

Exalta cómo se tratan de “primos” entre amigos y llaman “tíos y tías” a los mayores para mantenerse unidos como una familia; dice: “Soy porque somos, soy en tanto ustedes son, no soy en tanto usted no es”. Se lamenta de que “el modelo económico rompe con la posibilidad de pedirle café al vecino” y que los supermercados han acabado con la compra fiada en las tiendas. Márquez quiere que esta manera de defenderse se imponga en toda Colombia, en lo que ella llama un pensamiento colectivo de la “familia extendida”.

Esta estructura social que ella propone -la extensión de lo que ha funcionado en Suárez- tiene una denominación que no me corresponde dar, y ha existido desde antes de que la historia fuera escrita; tiene particular éxito en poblaciones migrantes, o en asedios, en poblaciones con riesgo existencial, como en los guetos. Pero su éxito en el mundo moderno en paz es cuestionable.

Uno de los problemas de estas estructuras es que también colectivizan la culpa, y tienden a anular al individuo, las responsabilidades particulares y, consecuentemente, la libertad. Estas sociedades por lo general tienen sus propios códigos de ética, que en ocasiones difieren de las leyes de la República. Además, tal como Márquez lo menciona, la sabiduría está basada en la edad, en lo ancestral, y no en la pericia. Y esto la lleva a desdeñar el progreso, a relativizarlo, a menospreciar la tecnología y, sobre todo, a desconocer la estadística.

A mí, en cambio, me gustaría que el vecino me ayudara precisamente porque no me conoce, y que todo el mundo pudiera comprar con créditos formales en los supermercados. Que las parteras tuvieran un ginecólogo al lado en cada nacimiento. Me gustaría que fueran las universidades las que diseñaran las irrigaciones menores, no el conocimiento ancestral, y que hubiera suficientes máquinas para que nadie nunca tenga que tirar pico y pala.

Según los índices de Hofstede, Colombia es uno de los países más colectivistas del mundo y tiene casi el mismo puntaje de Venezuela y Pakistán (no puedo imaginarme un par de países más tristes); si les creen a las estadísticas (que casi nunca son idílicas), hay que hacer lo contrario a colectivizarse.

Así, el gobierno de Petro tendrá que decidir entre una Colombia que sea potencia en conocimiento, ciencia y progreso (lo que requiere individualismo) y el mundo de lo ancestral con su relativismo y colectivismo.

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