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Las velas, entre lo religioso y mágico

Hoy, que en mis ojos brujos hay candelas, como en un condenado, Dios mío, prenderás todas tus velas, y jugaremos con el viejo dado... Tal vez, ¡oh, jugador!, al dar la suerte del universo todo. Poema: “Los dados eternos”, de César Vallejo.

Es difícil encontrar, en casi todas las culturas, símbolos utilizados de manera universal como ha sucedido con las velas. Estas han sido durante siglos símbolos de luz, esperanza, amor y conexión con las deidades. Una vela está al alcance de todos y sus destellos pueden marcar la diferencia entre una noche oscura producto de un apagón y una celebración religiosa que para los católicos del mundo significa el inicio de la anhelada Navidad.

Recuerdo con nostalgia la “levantada temprano” en la madrugada del 8 de diciembre, al compás de los villancicos que mi abuela Amelia Mass Vda de Galindo colocaba en la radiola de madera, que no dejaba de sonar alimentada de aquellos discos de vinilo, que hicieron que me convirtiera en la disc jockey oficial de la familia. Pero lo esencial estaba en prender las velitas de colores, en torno a las cuales nos reuníamos la familia.

Pero más allá del tema religioso, desde ese entonces y hasta la fecha no he dejado de prender velas, sin importar el color o el aroma, como una manera de dirigir mi pensamiento hacia un punto fijo que lo proyecto en gran medida guiada por mi fe, en buenas intenciones tanto propias como ajenas.

He aprendido con las velas a orar y meditar, porque en ellas veo que esa luz que enciende el pabilo, es una metáfora de la vida misma que se resiste a apagarse y que aun en los últimos momentos de existencia, brilla con más fuerza.

La historia de las velas resulta interesante. Estas se inventaron a mediados del siglo XIX, a diferencia de su antepasado, el cono, que se remonta al menos al 3000 a de C., en el antiguo Egipto. Su función principal es iluminar, pero también es una antigua unidad de medida que fue reemplazada por la candela (la candela es una unidad de medida utilizada para representar una cantidad de iluminación, es decir, una intensidad luminosa). La nobleza y el clero usaban velas de cera de abejas mientras que la gente del común se arreglaba con el encendido de sebo.

Las velas se resisten a desaparecer aun en nuestro mundo contemporáneo cargado de tecnología; lo anterior solo tiene explicación en el hecho de que nuestra naturaleza humana no ha perdido la fascinación constante por encontrar la luz que para algunos constituye la sencilla respuesta a una sentida plegaria y para otros, la manifestación viva de la presencia del Eterno en nuestras vidas.

Encendamos una vela por Cartagena, para que pueda por fin ver la luz al final de este oscuro túnel en donde hace tantos años la han arrastrado pésimas administraciones.

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