<img src="https://sb.scorecardresearch.com/p?c1=2&amp;c2=31822668&amp;cv=2.0&amp;cj=1">

La riqueza de la imperfección

A menudo nos gustaría tener total dominio de lo que sucederá tanto en nuestra vida personal como en las relaciones. Se trata de un constante deseo de saber con claridad cuál será el resultado de las acciones que emprendemos. Sin embargo, un dominio de esta naturaleza —sin la presencia de la imperfección— impediría vivir experiencias de aprendizaje luego de momentos difíciles.

Valorar la imperfección facilita la capacidad de colocarnos en el lugar del otro, entender y compartir los sentimientos que surgen al enfrentar dificultades. Vivir con la imperfección implica la capacidad de dar y recibir perdón, de tomar distancia y de intimar cuando sea necesario. Conlleva, entonces, a la posibilidad de amar a otro auténticamente, comprometiendo la inteligencia, la voluntad, la paciencia y la perseverancia. Relaciones de ese estilo son más realistas que cuando se conforman solo de exaltados momentos de pasión.

Los escenarios en los que aplica esta idea son muy diversos. Por ejemplo, creer en la riqueza de la imperfección puede ser una herramienta valiosa para los padres durante los procesos de crianza de sus hijos. Al enseñar a los niños a reconocer y aceptar sus imperfecciones, se les enseña también a ser auténticos, honestos, íntegros y respetuosos. Reconocer las imperfecciones propias y de otros ayuda, incluso, a desarrollar una mayor empatía hacia los demás, a entender y respetar las diferencias, a fomentar la tolerancia y la inclusión, y a encontrar satisfacción en el “aquí y ahora”.

Otro escenario en el que también se percibe la importancia de la imperfección rodea al ejercicio de la docencia. Al cometer errores, se abre la posibilidad de mostrar a los estudiantes el sentido de la equivocación como una parte valiosa en el proceso de aprendizaje. Esto puede ayudarles a desarrollar una mentalidad de crecimiento, donde los errores no se perciben como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar. Permite, además, conectar con ellos de una manera más profunda y significativa.

La riqueza de la imperfección reposa en la posibilidad de aprender de nuestros errores. De esa forma nuestra formación se hace más integral y, en el caso particular de los estudiantes, no solo los prepara para el éxito académico, sino también para la vida y para asumir los retos que el mundo de hoy les exige.

Parece que necesitamos de lo que es imperfecto para construir una vida rica, profunda y dichosa. No se trata, sin embargo, de cultivar errores y debilidades, sino de aceptarlos y convivir con ellos.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesora del Programa de Psicología, UTB.

Más noticias