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La paradoja del ‘pam-pam’

En Colombia hay alrededor de 260 casos de violencia intrafamiliar cada día, y los niños son las principales víctimas. La cifra es el resultado del trabajo de investigación de Aldeas Infantiles SOS, una organización internacional que entre otras cosas trabaja para desarrollar en las familias capacidades de protección en la crianza o como lo llamamos las mamás “modernas”: crianza respetuosa.

Pero, ¿qué tiene que ver el respeto en la crianza? Todo. Se trata de educar pero más específicamente de disciplinar partiendo desde el respeto y la empatía hacia el otro ser humano, así esté rayando las paredes de tu casa y tenga 4 años. Sí, me refiero a que nada de “pam-pam” para ese niño.

Lo sé, parece revolucionario y tonto, “otra vez esta generación de cristal”. Y es que para muchos pensar en que no existe eso de una palmada a tiempo o un grito justo, es derrumbar un montón de ideas alrededor de lo que es una madre o un padre estricto e incluso chocarse con una realidad cruel: tus padres no te educaban, te maltrataban. Reconocerlo no es simple, sobre todo cuando creemos que estamos bien y que estamos perfectamente educados, cuando muy seguramente tus problemas de alimentación son el resultado de la palmada por comerte el pan del desayuno y tu inseguridad la provocó ese grito en público por hacer alguna cosa que tenías prohibida. No estás bien. El maltrato sí dejó secuelas en ti aunque a primera vista eres un adulto “normal y disciplinado gracias a esa palmada”, no es cierto, lo eres pese a ese maltrato.

Ahora, hablemos de la realidad. Somos, muchos de nosotros, adultos que fueron criados en medio de reprimendas, palmadas y gritos con la excusa de disciplinarnos, así que eso fue lo que aprendimos e instintivamente replicamos. Esto, sumado a las dificultades de la crianza que se revuelven con las tensiones laborales, sociales y emocionales del día a día no hacen fácil esa tarea de ser respetuosos. Así que en la práctica fallaremos, yo misma he fallado, la clave es reconocerlo. No le pegaste porque lloraba demasiado, le pegaste porque fuiste incapaz de solucionarlo de otra forma, de respirar, de sentir empatía. No le pegaste porque no hacía caso, le pegaste porque no pudiste controlarte, tomarte un tiempo fuera y buscar una solución racional.

Y creo que pasa con tanta frecuencia porque seguimos pensando en los niños como un inferior, cuando realmente son nuestro mayor proyecto y nuestros iguales. ¿Cómo así? Si tu compañera de trabajo llorara todo el día sin razón, ¿le pegarías? ¿No? ¿Y por qué al niño sí? ¿Acaso no es raro que la “solución” para un ser humano que se siente triste, agobiado o desregulado sea causarle dolor? ¿No es raro que cuando le pegue a otro niño tú le pegues para enseñarle que no debe pegar?

Pero vamos paso a paso, y por eso celebro que Colombia impulse la crianza respetuosa con la aprobación hace unos meses de la ley que prohíbe el castigo físico y los tratos humillantes contra niños; celebro la cantidad de mamás y papás que han ido a terapia para sanar sus heridas y evitar replicarlas en sus hijos; celebro las redes sociales y los expertos que comparten las causas y consecuencias del maltrato físico; celebro a las organizaciones que piensan la primera infancia como el más importante proyecto, en el que la salud emocional es tan importante como saber las vocales, hoy como nunca celebro tener tanta información a la mano.

“Los padres por siglos enfrentaron la paradoja de intentar enseñar a no pegar, pegando; a no gritar, gritando; y a respetar, faltando el respeto a sus hijos. Hoy sabemos que tarda salir de la confusión que deja haber sido educado entre paradojas”, Álvaro Pallares, psicólogo clínico infantil.

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