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La palabra

En algún momento, hace poco más de un millón de años, gracias a la confluencia de eventos como el uso del fuego, el cambio de alimentación y el incremento de proteínas en la dieta, se dio el crecimiento del cerebro, en especial en dos zonas.

En paralelo, la posición más baja de la laringe le permitió al Homo habilis emitir sonidos inteligibles. Así, primero surgió una idea en alguna parte del cerebro y luego de miles de años se convirtió en un sonido comprensible.

No está claro cuál fue esa primera palabra. Los expertos no se han puesto de acuerdo, algunos dicen que fue un vocablo pidiendo ayuda; tengo para mí que debió ser un sencillo fonema. Lo más fácil, necesario y práctico debió ser un rotundo y claro ¡no! o un ¡sí! Luego vinieron palabras de dos sílabas.

Algo así ocurre con los bebés. Entre los 7 y 9 meses de edad pasan de emitir sonidos sin sentido a los primeros fonemas: papá o mamá. Al principio ni ellos mismos saben lo que significa. Luego asocian la palabra a un rostro. Palabra, según el diccionario, proviene del latín y del griego parábola (comparación) y no es más que la unidad del lenguaje dotada de significado. Podemos pensar que la palabra hablada es efímera y se la lleva el viento. Sin embargo, la historia es clara en miles de ejemplos de guerras y tragedias iniciadas por una palabra mal dicha o interpretada.

Lo dijo Montaigne: “La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”. Por ello antes de emitir un sonido es menester evaluar lo que se va a decir, para qué y especialmente cómo se va a decir. La palabra escrita, es cierto, tiene una vida perenne que exige mayor juicio antes de imprimirla.

La importancia de la palabra, si existe alguna duda de ella, se demuestra en el día a día cuando se evidencia que su infinita capacidad de construir solo se equipara con su apocalíptica posibilidad destructiva. Así decía el sabio griego: “El hombre es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”.

La historia lo ha demostrado, la sola palabra ha convertido hermosos y pantagruélicos convites en catastróficos conflictos globales mientras que puede trasformar cruentas guerras en abiertos diálogos y pacíficas y constructivas soluciones.

Por eso esperamos que, en lo nacional, las palabras reemplacen a las balas. En lo local, hay pocas esperanzas; nuestros líderes parece que no pasaron del Homo habilis (que él me perdone la parábola) y han escalado el conflicto de la palabra a tal nivel que no se les ve interés de iniciar un diálogo constructivo que beneficie a todos, no solo a ellos, también a una nueva Cartagena. Al fin y al cabo, la palabra Cartagena, en sus orígenes púnicos significa eso, ciudad nueva.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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