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La conspiración

Era octubre de 2017 cuando un usuario de internet conocido como “Q”, en una cuenta anónima, predijo que un presidente norteamericano generaría una estrategia denominada “tormenta” para desmantelar una conspiración y detener una camarilla de artistas y políticos criminales, todos pertenecientes al partido opositor, y restaurar la otrora grandeza de su país. Según la cadena NBC tres personas replicaron la publicación original y luego algunas plataformas la difundieron. El movimiento, que asumió el nombre QAnon (abreviación de Q-Anónimo), ha originado múltiples teorías de conspiración y ha trascendido las fronteras.

No está claro cuántos creen o siguen a QAnon pero el New York Times estima que son cientos de miles. Facebook asumió que habría miles de grupos de QAnon con millones de miembros. Según como se vea se trata de un movimiento político, una comunidad cerrada, una secta religiosa, o todo lo anterior, que convierte absurdas teorías en una narrativa coherente para cientos de miles de personas. Aunque teorías de conspiración ha habido siempre, QAnon aprovechó las redes sociales para llegar a un nivel masivo y global nunca visto. Según el New York Times el FBI lo considera una potencial amenaza terrorista. Autores de secuestros, asesinatos e incendios forestales han reconocido su conexión con QAnon. Además, según los principales periódicos de Estados Unidos, QAnon ha estado, directa o indirectamente conectado con la pasada campaña de reelección, los intentos de anular las elecciones y el asalto al Capitolio. Según The Wall Street Journal el número de sus seguidores creció más del 600 por ciento durante la pandemia.

Hoy el mundo es un pañuelo. La inmediatez en la transmisión de información y conocimiento debería facilitar resolver problemas locales con soluciones globales y/o lo contrario. Sin embargo, la pandemia demostró lo inverso: absurdas hipótesis y teorías disparatadas han sido dadas por ciertas ante el tsunami de las redes sociales que de tanto repetirlas las convirtieron en verdades o, al menos, creíbles. Falacias de curas milagrosas como la ivermectina y derivados del cloro, así como descabelladas teorías sobre las vacunas mostraron nuestra frágil tendencia a escapar de la realidad con cantos de sirenas. Por ello se requieren medios, como El Universal, que además de anteponer la verdad a la intriga, trasciendan de sus convencionales plataformas de información para confrontar la facilista intriga de la inmediatez con la veracidad comprobada en la fuente misma y consolidarla en el riguroso, meticuloso y sesudo análisis crítico. Lo dijo un sabio científico: “Vivimos en un mundo en el que la verdad es opacada por una realidad que no existe”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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