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Irrupción desde los márgenes

Se empiezan a sentir nuevos, renovados y frescos vientos que nos llegan desde los márgenes de todo el país. Vientos que nos indican que otras lógicas, otras realidades, otras formas de relacionamiento con las personas, con el entorno y con el universo se empiezan a presentar en nuestro contexto. Y no es que sean nuevas, es simplemente que no las conocíamos, que estaban invisibilizadas, excluidas e ignoradas. Empiezan a emerger en nuestra cotidianidad, en parte gracias a las redes sociales y a nuevas propuestas de comunicación, que también vienen desde los márgenes. Empezamos a vislumbrar un nuevo país que a fuerza de persistencia y de resistencia se comienza a mostrar, a hacerse sentir, a decirnos que siempre han estado aquí, con nosotros, pero nunca los habíamos visto ni reconocido.

Esta percepción que pensé era solo mía, por lo tanto subjetiva y que respondía a mis deseos, la empecé a confrontar o indagar con otras personas y las respuestas fueron unánimes. Estamos ante unas expresiones culturales del país que siempre han estado allí, pero que solo ahora las reconocemos, valoramos y comprendemos. Ahora ha empezado una irrupción desde los márgenes de nuestro territorio, de poblaciones indígenas, afrodescendientes, campesinas. Pueblos que históricamente han sobrevivido en las más precarias condiciones, marcadas por el abandono de un país que se miró solo desde Bogotá o desde algunos otros centros de poder, y que por lo tanto excluían a un enorme territorio que puede ser casi el 60% de nuestra geografía, pero más que espacios naturales, de selva, sabanas, bosques, desiertos, montañas o valles, han estado habitadas por colombianos que ahora sienten que se están creando condiciones para que sean reconocidos y valorados en la diferencia que nos hace grandes y únicos como población.

Ahora descubrimos que tanto o más valioso que nuestra riqueza de flora y fauna, tenemos más de 110 poblaciones indígenas con casi 70 lenguas. Que más que el orgullo que nos deparan nuestros accidentes geográficos, lagunas y mares, quienes les han dado sentido a esos escenarios han sido los pueblos que los han mantenido o que han vivido en ellos sin destruirlos ni alterarlos. Pueblos que tienen tal vez más que enseñarnos, que lo que nosotros les podemos trasmitir.

Pero este fenómeno no es solo nacional. En nuestro contexto también se presenta. Ahora empezamos a comprender la riqueza enorme que emerge de los pueblos que han vivido por siglos en las riberas de nuestros ríos, en las colinas de Montes de María, en la depresión del Canal del Dique y de La Mojana, en una costa de casi 100 kilómetros, desde los límites con el departamento del Atlántico hasta Sucre, incluyendo a las poblaciones que por años han vivido en nuestras islas y corregimientos. Es imperativo disponer nuestras mentes para aceptar que nos acercamos a un cambio en los modelos de entendernos y aceptarnos como colombianos. Pero esto empieza con una decisión personal.

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