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Invima y la custodia de Badillo

De poco valen las reformas intentando enderezar este país a sabiendas que el problema no es de leyes sino del proceder ético de los seres humanos, como bien lo expresa el Dr. Julio Mario Orozco Africano, connotado médico, educador, magister en Salud Pública, escéptico en acudir a la cambiadera de leyes como solución al caos reinante en la salud de los colombianos: “El problema no es de flechas, es de indios” y entonces se enciende la ética como faro en medio de la tormenta: “Disciplina filosófica encargada de estudiar la conducta humana, lo correcto o incorrecto; lo bueno y lo malo, la moral, la virtud, la felicidad valorada como servicio al bien común”.

La ética es perenne, universal y auto impuesta, nace en los hogares, se impronta con el ejemplo, es enemiga acérrima del pensamiento tendencioso de Nicolás de Maquiavelo, asegurando que el fin ¡jamás! justifica los medios, como lo hacen algunas instituciones del actual régimen de salud colocando “barreras de acceso” a pacientes de alto costo; rogándoles a sus demonios, que fallezcan cuanto antes y no descuadren su descomunal patrimonio.

Entre otros grandes males, existe gran preocupación sobre la calidad farmacéutica de los medicamentos genéricos, con escaso o nulo control por parte del Invima, entidad gubernamental encargada de vigilarlos, y nos asalta la duda maliciosa: ¿la curación quedó en manos de nuestras defensas orgánicas que nos amparan, gratuitamente, desde el paleolítico, de virus, parásitos y bacterias o todo el crédito se los lleva el “efecto placebo” responsable, sin contener un átomo de sustancia activa, de sanaciones milagrosas producto de la fe y la sugestión?

Desde mucho antes de entrar en vigencia la Ley 100/1993, engendro neoliberal, los políticos centralistas, al igual que los gamonales de la provincia, se pegaban de la ubre de la salud para enriquecerse y perpetuarse por lo que la nueva ley, en manos de tecnócratas privados, surgió como solución a la crisis financiera y asistencial pero con el paso del tiempo la salud dejó de ser derecho fundamental y la convirtieron en el más próspero negocio, el talento humano perdió su autonomía pues le castraron derechos laborales y gran parte de los medicamentos entregados por las EPS no son evaluados, juiciosamente, por el Invima.

No dejo de acordarme de la abuela embravecida porque a su nieto, de cinco años, le reactivaron crisis epilépticas coincidiendo con el cambio de medicamento: del original, comprado de su bolsillo, al genérico entregado por su EPS; y probó su teoría frente al farmaceuta acudiendo al infalible método de Rafael Escalona cuando “extraviaron” la “custodia de Badillo”: “No tiene el mismo tamaño, no pesa lo mismo, no tiene el mismo sabor, entonces es chimbo”.

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