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Enfermedades del imperio

En las áridas estepas de su amada Ghana disfrutaba sus necesidades y libertades. Felicidad yacía en el alimento y abrigo diarios. El mañana no existía. Una insignificante disputa con el jefe de la tribu labró su destino. El envidioso jefe negoció su libertad con blancos esclavistas.

Fue confinado en una maloliente embarcación cuyos maderos tenían esculpidas, en sangre e inmundicias, miles de historias de despojo, barbarie y muerte. Bajo cubierta, con pésima ventilación, la transmisión de enfermedades y la muerte eran lo esperado. Así narra Jim Downs en “enfermedades del imperio” el nacimiento de la epidemiología y la salud pública.

El beneficio de la ventilación de espacios cerrados, implementado en pandemia, fue deducido por algunos científicos en esos barcos donde 600 esclavos yacían confinados. Igualmente, el descubrimiento de los beneficios del lavado de manos, atribuido a un famoso médico húngaro sería mejor reconocido a unas desconocidas, sufridas y abnegadas lavanderas del lazareto de Malta quienes nunca contrajeron peste alguna.

Según Downs, la epidemiología nació en cruentos y vergonzantes episodios y no en mitos fundacionales. Downs nos enrostra la deuda que tenemos con quienes ayudaron a construir la salud pública moderna sobre los abusos y maltratos de que fueron objeto. Detrás de grandes descubrimientos científicos y gigantescos héroes de la medicina hubo siempre actos humanos de dudosa reputación.

Así, tras el descubrimiento del cólera por Snow y el invento de la medicina crítica por Nightingale en la guerra de Crimea hubo mucho sufrimiento, hoy olvidado. El conocimiento científico sobre enfermedades y sus curas fueron patrocinados, en gran medida, por anónimos mártires del colonialismo, la esclavitud y la guerra.

Durante más de 300 años, cada avance científico que permitió duplicar la longevidad humana ha sido escrito sobre la tinta invisible de millones de esclavos, soldados y víctimas. Ironías y paradojas de la historia que resumen el trabajo de héroes reconocidos y víctimas anónimas que edificaron la epidemiología y la salud pública que en pandemia han salvado millones de vidas.

En la guerra civil norteamericana, una comisión sanitaria, basada en estudios “científicos” concluyó que la raza, más que las criminales condiciones de vida, explicaba su mala salud. Aún hoy, mentes perversas piensan que gigantescas minorías étnicas, en Colombia, mal viven por lo que son y porque quieren, y no por la forma como los hemos segregado. Durante la COVID, inequidades como la absurda y discriminativa distribución de vacunas confirma al Dr. King “la injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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