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El justo juez

Las causas penales llaman poderosamente la atención de la comunidad. Quizá porque representan la desgracia diseminada en todas las direcciones y aquella siempre ha sido atractiva a los sentidos morbosos y expectantes que se gozan de esas circunstancias. Debido a ello, las noticias relacionadas con los procesos penales se han convertido en un escándalo mediático, un producto de amplio rating que, además, motiva la opinión de legos y expertos.

Recientemente, gracias al principio de publicidad que permite a la sociedad observar y opinar en torno a la forma en que se juzga, se han transmitido en tiempo real varias audiencias que provocan la emisión de diversas críticas en torno a la calidad de las partes, abogados y, en especial, al papel de los jueces, quienes tienen la función divina de decidir sobre el bien y el mal, es decir, sobre el destino más próximo de los encartados.

El juez representa uno de los personajes más sagrados de la democracia. Aquel se presume sabio y dotado de grandes virtudes que lo ubican en el más alto pedestal, investido del poder jurisdiccional para definir las causas que lleguen a su estrado. Esa potestad debe ser usada dentro del marco de la Constitución y la ley, por lo que tiene un límite claro y preciso, pero además debe ser ejercido con ponderación, imparcialidad, mesura, pulcritud y, aún más, con amor.

Para aplicar la ley no es necesario que el togado utilice un lenguaje soez, agresivo y vindicativo. Basta con hacer una lectura objetiva del marco legal y un análisis certero de la fuerza suasoria que se extrae de la prueba, es decir, se debe motivar la decisión con claridad y suficiencia. Lo propio sucede con la dirección del trámite procesal, la cual debe realizarse sin excesos, ni derroche de egos o autoritarismos que trastoquen las garantías de quienes intervienen.

Quizá por esta situación Carnelutti decía: “Un hombre, para ser juez, debería ser más que un hombre”. Y es que, evidentemente, ejercer esa preciosa función requiere un espíritu sensible y muy humilde. También decía el autor en cita: “¿Cómo puede hacer el juez para ser mejor de lo que es? La única vía que le está abierta a tal fin es sentir su miseria: es necesario sentirse pequeños para ser grandes”.

La legitimidad del ejercicio del poder jurisdiccional deviene del buen trato. Este no es una cortesía del funcionario, sino que es un deber constitucional y legal. El justo juez no es el castigador o inquisidor, sí lo es quien decide con atino y respeto, alejado de cualquier interés diverso al de la esencia de lo justo. Ya lo decía Cervantes: “Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones”.

*Abogado.

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