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El carnaval del voto

El carnaval es una fiesta que se caracteriza por su alta dosis de permisividad y descontrol, en la que en medio de música, bailes, disfraces y parodias la gente hace un alto en su realidad cotidiana, inclusive para reírse de esta. Además de esa celebración pagana, originariamente realizada en honor al Dios Baco, hay otro carnaval con características similares que en Colombia se realiza en tributo al voto.

Nací en Barranquilla y desde niño encontré similitudes entre carnaval y elecciones, porque los adultos del barrio popular donde crecí las disfrutaban casi con el mismo entusiasmo. En una y otra había máscaras y dinero.

Semanas previas a las elecciones solían llegar al barrio carros lujosos en los que se movilizaban señores de buen vestir, bañados en finas colonias que se reunían con la comunidad a la que ofrecían dádivas, al tiempo que seducían a las jovencitas más hermosas del sector. Días después se realizaban trabajos de adecuación de calles, se repartían “gratis” materiales de construcción, becas, medicinas, y en ocasiones llegaban electrodomésticos menores, cuya entrega se sellaba con la puesta de afiches en puertas y ventanas, con la imagen del candidato apoyado.

El día de las elecciones se apostaban buses en las esquinas; los líderes del barrio iban de casa en casa con listados en mano integrando sus grupos, los conducían a un comando político cercano a las mesas de votación donde les ofrecían licor, pasteles y gaseosas, luego un guía los orientaba hasta el puesto de votación, los regresaba al comando donde les entregaban una cantidad de dinero previamente convenida por su apoyo en las urnas, y retornaban al barrio en otro bus.

Las transacciones eran tan libres, que por muchos años las entendí como normal, y solo con el despertar del pensamiento crítico que comenzó a aflorar años después, comprendí que la compra venta de votos era la mayor de las contradicciones de la democracia colombiana, pero que parecía hacer parte de su ADN. Algunas cosas han cambiado en la política electoral, pero no la compra-venta de votos; esta se conserva como instrumento esencial de ascenso o conservación del poder. Ese mercadeo de conciencias es ambidiestro y multicolor, como el carnaval.

“El voto cuesta”, es una premisa sin discusión en toda contienda electoral y sus valores fluctúan en línea directamente proporcional a los apetitos de poder. Como en todo tipo de mercado, existe una cadena de grandes generadores, financistas, mayoristas, intermediarios y comercializadores. El último eslabón es el “menudeo”, que, según conocedores, oscila entre los $50.000 y $100.000 por voto.

No soy defensor de la comercialización de conciencias; creo en los procesos de depuración de las costumbres políticas, pero soy un convencido de que el show de las estruendosas “revelaciones” y las cíclicas promesas de “sanciones ejemplarizantes” a los responsables de ese mercado no será lo que acabe con este. Son puras máscaras que divierten, indignan y entristecen, en este nuevo carnaval del voto, que algunos insisten en presentar como “fiesta de la democracia”.

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