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El Arco del Triunfo

La Junta de Censura Cinematográfica funcionaba desde 1936 y Antonio González De Langlard la dirigió durante más de tres décadas. Tal organismo se regía por el Decreto 143 de ese año, que abogaba por las mejores condiciones de proyección, como: la puntualidad de las funciones, evitar el exceso de publicidad y la devolución del costo de la boleta, cuando por motivo de lluvia, se suspendiera la función; pues, en general, los teatros no tenían techo.

Con el seudónimo de ‘Fulminante’, González De Langlard publicaba ‘Secreto a voces’, una columna semanal, donde un buen día de 1957, escribió lo siguiente:

“Recuerdo un caso curioso de un señor extranjero –quizás norteamericano– en el Teatro Colón. Yo me hallaba cerca de la portería y como la película estaba censurada para menores de 21 años, el empleado le hizo la advertencia de que no podían entrar los niños. Enojado, y energúmeno, tanto él, como su esposa, increparon al portero con estas palabras: - “Qué sabe usted de eso...?, si esta película la vimos todos nosotros en Estados Unidos y no tiene nada de particular.

- “Es que yo –contestó el pobre empleado– me limito a cumplir órdenes superiores”.

- “Entonces –respondió el gringo– dígale al administrador que me saque con la policía”.

Ante esta amenaza el infeliz portero no tuvo más remedio que dejarlos pasar. Y este caso ocurre diariamente en todos los teatros de la localidad. Las madres son las inmediatas responsables de esta falta. Los porteros, cumpliendo instrucciones, se permiten hacerles la advertencia, pero –negocio es negocio– no van a entablar una polémica con cada una de las señoras que llevan a sus niños al teatro” (El Universal, 1 marzo 1957, pág. 4).

Las madres alegaban que no tenían con quién dejar a los hijos en casa, además ellos no comprendían las películas, porque eran criaturas inocentes; a lo que ‘Fulminante’ respondió: “¡Inocentes! Valiente argumento. No hay en la ciudad un niño inocente. Los papás son los primeros en proporcionarles distracciones reñidas con los más elementales principios de la ética (...) No hablo de memoria. He presenciado multitud de casos en Manga y sería aconsejable que los señores padres de familia tuvieran en cuenta –si acaso leen los periódicos– las tragedias que se derivan de este afán incontrolado de los jóvenes de la actual generación, que por robarse un carro asesinan a una pareja de inocentes novios, en pleno corazón de París”.

Eran 14 inspectores: Cartagena, Abel de Irisarri; Colón, José Vega; Rialto, Jesús Caballero; Padilla, Manuel Jiménez; Variedades, Jorge Malo; Circo Teatro, Luis Campillo; Colonial, Víctor Ramos; Granada, Raúl Barrios; Manga, Rogelio Méndez; Miramar, Luis Gómez; Myriam, Agustín Calvo; Laurina, Rafael Orozco; América, Emiliano Blanco; y Caribe, Alberto Villarreal.

Para bien o para mal la gente se los pasaba por el Arco del Triunfo, no propiamente el de París.

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