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del paraíso al infierno

Es más fácil curar el cáncer que a un adicto compulsivo. Considerado problema de ‘Salud Pública’, muy pocos se ocupan de la tragedia sin límite de su familia, así como de los ruinosos y casi siempre inútiles tratamientos.

A los farmacodependientes se les oxidan la voluntad y los afectos. Finalmente, solo la madre no se fatiga: sigue ofreciéndole sus manos y, aun en silla de ruedas, cabalga presurosa junto al fruto de sus entrañas. “¡Es mi hijo!”, su grito de batalla mientras el resto de la familia, después de años y siglos de perdones y promesas fallidas, toma prudente distancia, pero la vieja permanece aferrada a los milagros.

Aseguran que los adictos son víctimas del Estado que fomenta la desigualdad, pero si eso fuera cierto, nadie se explica que, en países con enorme desarrollo socioeconómico –Estados Unidos, Alemania, Reino Unido– pasaron a gran velocidad, de la mariguana a la coca, heroína y, ahora, en las garras implacables del fentanilo.

¿Cuánto gastan el Estado y las familias intentando desintoxicar y recuperar a los adictos? No se sabe con certeza, pero seguramente cifras billonarias y resultados desalentadores. Y uno se pregunta: ¿qué responsabilidad cabe a los adictos en el luctuoso, cruento y multimillonario negocio del narcotráfico? Nosotros ponemos sangre y lágrimas, mientras gringos, europeos y drogadictos criollos, sus insaciables venas y narices.

“No hay enfermedades, sino enfermos”, aseguran los súbditos de Galeno: cada paciente es único, pero ante el fracaso terapéutico, sería mejor dedicar los esfuerzos a la prevención, única vacuna contra las adicciones, enseñándoles a los cachorros que no todo está permitido y, caminar sobre acantilados sicodélicos, trae fatales consecuencias: del paraíso al infierno.

Colombia y Argentina disputan, en Latinoamérica, luctuosa supremacía de las adicciones: anualmente los gastos en desintoxicación y recuperación, ambulatoria o intramural, ascienden a cifras astronómicas, mientras los toxicómanos se multiplican: hoy, de los 50 millones de colombianos, ¡10 millones...!, son consumidores habituales y el porcentaje sube sin que nada ni nadie lo detenga.

La mayoría de los adictos crónicos entran y salen; salen y entran, cíclicamente, de las instituciones especializadas como quien toma pausa vacacional, retornando al mundo de las tinieblas segundos después de firmarles la de alta: ‘Lo que no nos cuesta, hagámoslo fiesta’.

Solo Javier Gerardo Milei plantea alternativas distintas al desgastado e inútil paternalismo. Brillante y ortodoxo economista, recién elegido presidente de Argentina, 20 años en las garras ruinosas y anacrónicas del Kirchner-Castro-Chavismo, habla sin tapujos a los toxicómanos de su patria: “Es tu decisión: sabes muy bien que drogarse es suicidarse por cuotas, pero si de todas maneras decides hacerlo, no me pidas que yo, como presidente, pague la cuenta”.

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