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De perros y dragones

Ha pasado más tiempo del que quisiera, sin embargo, cada vez que lo recuerdo, se me hace un nudo en la garganta.

Recién desempacado de mi Universidad de Cartagena, vestido de blanco, cargado de bríos e ilusiones, inicié medicatura rural en San Diego (César), campiña luminosa, de aguas cristalinas, seres humanos talentosos y solidarios.

¿Cómo olvidar el tinto mañanero parido en el fogón de Clementina, la eterna compañera de Leandro Díaz? El maestro me aguardaba, con sus brazos abiertos, en su humilde morada de bahareque, melodías y leyendas... confieso que cuando escuché, por vez primera, los versos y requiebros en honor a Matilde Lina, describiendo el sandungueo de la potranca sobre la piel de la sabana, no tuve ninguna duda: los ciegos, somos nosotros.

Disfrutaba de la acogida sandiegana cuando el doctor Afranio Restrepo, director de Salud del Cesar, citó urgentemente a médicos, odontólogos y enfermeras rurales cercanos a Valledupar, con el propósito de socorrer a comunidades indígenas, víctimas mortales de la tuberculosis y la miseria, hermanas siameses.

Al otro día, el ‘Pequeño ejército de batas blancas’ marchaba, a lomo de mula, en dirección a los asentamientos indígenas, Koguis y Aruacos, ubicados en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Durante 24 horas recorrimos senderos congelados en el tiempo: árboles acariciando el cielo con sus manos de clorofila, piedras gigantescas a lado y lado de los manantiales, cual choricera de huevos de iguanas del Jurásico.

Nos esperó una larguísima fila de rostros cadavéricos, encabezados por el Mamo, hombre cauteloso, de estíticas palabras, autoridad administrativa, religiosa y científica, advirtiéndonos que, todas las decisiones terapéuticas deberían ser aprobadas por él. Así se hizo.

Después de siete jornadas extenuantes, le entregamos al Mamo recomendaciones y medicamentos, todo lo cual fue revisado detallada y parsimoniosamente. “¿Por qué tanta desconfianza?” le preguntamos visiblemente agotados. De inmediato aquel ser imperturbable desocupó la vasija de sus heridas ancestrales.

¿Cómo no estar prevenido después que nos despojaron, a sangre y fuego, del universo que nos pertenecía desde el principio de los siglos? Las masacres a mi pueblo y, sobre todo, el profundo dolor, ignorado por historiadores de bolsillo, aún clama justicia: los crueles invasores portaban armas mortales, entre ellas, jauría de perros hambrientos, verdaderos dragones, a quienes alimentaban con niños arrebatados de los brazos de sus madres. “No tienen alma”, justificaba la Iglesia del manso Jesucristo.

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