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¿Cuál es el color de piel?

Toda mi vida me he sentido incómoda en mi propia piel. En mi piel negra. Hasta los 10 años esperaba que en algún momento mi piel se aclarara y poder parecerme, aunque sea de lejos, a esos personajes que la televisión me vendía como los ideales, la mujer rubia, pelinegra y blanca con los que todos sueñan, en contraste con la señora que hacía el aseo en la casa, la que vendía en el mercado o en la tienda, o cualquier otro personaje de reparto: una negra, igualita a mí, con nariz en forma de bombom de chocolate que ocupa gran parte de la cara, ojos grandes, boca acolchonada y pobre.

Ha pasado el tiempo y esa niña producto de una sociedad que niega su negritud y la condena a un personaje de reparto sigue sufriendo producto de ese racismo sistemático con el que crecí, uno que tuvo su punto focal en los medios de comunicación, pero que se fortaleció entre los comentarios de “ay, es negra pero bonita” o “ese sol es pa’ negros” que repetían hasta nuestros padres y profesores, y que hoy me sigue generando un pánico tremendo a estar en lugares “demasiado elegantes” para una negrita como yo.

Por eso agradezco la apertura de una conversación nacional alrededor del racismo, una mesa que no lejos del pronóstico fue servida por comentarios racistas, esta vez hacia Francia Márquez comparándola con un simio gigante y señalándola para decir que “es tan menos” que cualquiera parecerá “más”. Parece tonto, lejano o “demasiado político” para algunos, pero estas son conversaciones fundamentales para dar en nuestra sociedad, por ahí arrancan las grandes transformaciones, por cambios fundamentales que nos sumen valor y nos resten complejos.

Por eso celebro tener más de un candidato vicepresidencial y un buen número de congresistas que sean negros, afros, me hace sentir profundamente orgullosa. Nos encasillaron, por nuestro color de piel, en la música y la danza, y se olvidaron de que podemos ser científicos, médicos, químicos, abogados y por supuesto líderes políticos. ¿Que si por ser negros será todo mejor? No, no necesariamente, pero esa no es la discusión, porque un país que no es racista no miraría su pecado por su color de piel, ¿o sí? Pero sí es tremendamente poderoso, como mensaje nacional, ver a una mujer negra, a un hombre negro en papeles distintos a ser servidumbre, a verlos dateados, empoderados, contando una historia que se parece a la mía y a la tuya.

Colombia necesita ser realmente un país no racista, pero no de esos que dicen “ay, pero se ofenden por todo, qué delicado” o “no soy racista porque en mí habitan muchos negros”, no, necesitamos preocuparnos por formar personas, padres y docentes, en clave anti-racismo y pro-diversidad e inclusión. No necesitamos seguir sintiéndonos extraterrestres cuando la maestra nos pide usar ese tal color piel, cuando no existe eso del color piel, porque no somos de un solo color. ¿Te imaginas cuánto pude haber logrado si no me hubiera sentido tan minimizada toda mi vida por ser negra y mujer? ¿Te imaginas cuánto podríamos ganar en productividad y convivencia con un ligero giro en nuestro vocabulario, en nuestra forma de concebir los roles? ¿Lo imaginas?

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