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Cartagena somnolienta

“Consentida, orgullosa y venerada; Cartagena la heroica está dormida; paraíso de piratas acosada, hoy descansa feliz tierra querida”. Este es un trozo de una de las joyas del cancionero popular, denominada Tres perlas e interpretada por la longeva Billos Caracas, la cual expresa la realidad de una ciudad asolada en sus doscientos años de vida republicana por un misterioso efecto somnoliento, que no le ha permitido respirar a plenitud y por ende adaptarse a una nueva realidad y a sus conflictos internos.

Cartagena vive aún de sus recuerdos y con ello le basta, porque ese distractor atrae a personas diferentes a la de su propio mundo. Se contenta con la distinción de quienes le visitan, pero internamente sus pobladores llevan la procesión por dentro y la única salida que tienen es buscar un justificante.

Esta penosa realidad se hace invisible y se ha alimentado de dos centurias escalonadas de clientelismo, patrimonialismo y ahora crisis de representación que crean desesperanza en sus habitantes.

Sus dirigentes cohabitan con la globalización y la sociedad de la información y el conocimiento, pero con mentalidad colonial.

La ciudad acusa un peligroso proceso de abulia urbana que no le permite sacudirse para interpretar las nuevas realidades que le aquejan, las cuales no son propiamente las de la época colonial ni de las del siglo pasado. Sufre de la carencia de iniciativa conjunta de los actores estratégicos y de la ciudadanía, para enfrentar las problemáticas y oportunidades sociales que se le declaran. Es un proceso de deterioro gradual que ha experimentado efectos de disgregación y fragmentación social que se expresan en la desarticulación de los actores estratégicos de la gobernabilidad y en la participación abdicada del conjunto de la población urbana. Tiene recetas antiguas para problemas estructurales contemporáneos.

En esa proyección, no se requiere de un amplio ejercicio intelectual para evidenciar cómo la sociedad cartagenera expresa su propia realidad problemática de gobernabilidad desde los bajísimos niveles de institucionalización de sus actores y por consiguiente el débil manejo de una matriz de intereses políticos en concordancia con otros elementos reivindicatorios de cada sector determinante.

Cartagena no puede vivir del recuerdo. Tampoco puede prolongar el sueño deambulatorio de camarillas público-privada. Quizás sea la hora de despertarla para enfrentar la cronicidad. El núcleo problemático pasa por formular el siguiente interrogante: ¿están los diversos actores estratégicos en capacidad de ceder sus intereses tradicionales en favor de asumir una actitud proactiva que proyecte un mosaico de intereses que configure el funcionamiento de redes interdependientes de actores y la gobernabilidad de la sociedad cartagenera?

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