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2026...

Corrían las brisas de enero y era evidente, el cambio llegó para quedarse. Con el sol a la espalda del gobierno y en medio de una insulsa campaña electoral, Colombia se cuestionaba por qué había que elegir nuevo presidente. En cualquier esquina de villorrio y en toda reunión social el comentario era el mismo: qué bien que nos ha ido en estos cuatro años. Y la pregunta a renglón seguido era inevitable: ¿por qué no podemos reelegirlo?

Nuestra segunda oportunidad se dio en agosto 2022. Ese futuro que no estaba escrito, con su guía, entre todos empezamos a escribirlo. Todo había empezado cuando la reforma tributaria generó la justicia distributiva que acabó con una aberrante sociedad desigual.

La trasparencia en el uso de los impuestos agradó finalmente a los ricos. El estado ausente se tornó omnipresente en una nación ahora intolerante a la corrupción en donde la otrora avaricia destructora de unos pocos fue reemplazada por la progresista protección de la biodiversidad que le dijo no a la guerra y sí a la vida hasta que los dos países se convirtieron en una sola Colombia, fuerte y justa.

Cartagena vivía su propia bonanza con la estruendosa cifra de 10 millones de turistas en 2025. La ola verde desplazó a la economía naranja. La copiosa producción agrícola reverdeció los campos en cosecha y población. Un exótico desplazamiento no forzoso redujo los antiguos barrios de invasión migrándolos hacia el productivo y pacífico campo.

Luego de dos siglos de guerra la paz total fue posible, se respiraba. Incluso la absurda guerra contra las drogas, esa que solo había lucrado a las mafias, prohijado todas las violencias, debilitado al Estado y corrompido la sociedad era cosa del pasado.

La exitosa estrategia que le dio el nobel de paz 2025 a nuestro presidente era ejemplo y envidia universal. Romerías de expertos llegaban a Colombia a aprenderla.

Un día como hoy nació Carlos Castro Saavedra, autor del poema “El camino de la patria”; letra que el optimista de siempre aspira se diga en 2026: “Cuando se pueda andar por las aldeas y los pueblos sin ángel de la guarda, cuando sean más claros los caminos y brillen más las vidas que las armas, cuando de noche un grupo de fusiles no despierten al hijo con su habla, cuando al mirar la madre no se sienta dolor en la mirada y en el alma, cuando la libertad entre a las casas con el pan diario con su hermosa carta, cuando la espada que usa la justicia aunque desnuda se conserve casta, cuando la paz recobre su paloma y acudan los vecinos a mirarla, cuando el amor sacuda las cadenas y le nazcan dos alas en la espalda, solo en aquella hora podrá el hombre decir, decir que tiene patria”, y dijo él, cuando lo posible se hizo realidad...

*Profesor Universidad de Cartagena.

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