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20 de julio

Algunas fechas patrias varían con el tiempo y al vaivén de intereses o poderes y dependen mucho de la memoria. Eso que hoy denominan memoria histórica es un constructo cuya importancia Colombia apenas empieza a descubrir. Hoy el país celebra el día de la independencia. Contrario a lo que nos enseñaron en el colegio, hoy los historiadores, escarbando en el pasado, han demostrado que los elitistas criollos del 20 de julio deseaban todo menos la independencia de la corona española. Unos días antes, el 22 de mayo de 1810, en Cartagena se formó un triunvirato integrado por el gobernador y dos regidores partidarios de la autonomía. Los verdaderos primeros gritos de independencia de España parece que ocurrieron en Mompox, el 6 de agosto de 1810 y Cartagena el 11 de noviembre de 1811.

Aun así, hoy es un día para celebrar que, como muy pocos países, desde 1886 y casi de manera ininterrumpida nuestra democracia inicia las sesiones ordinarias del Congreso. Y esperamos que, con todas sus limitaciones y cuestionamientos, el Congreso siga sesionando para bien de la democracia. Nuestros congresistas, hoy más que nunca, deberían comprender que su función, además de hacer las leyes, es ejercer control político sobre el gobierno. De la historia reciente deberían reconocer que la fragilidad de nuestra democracia se debe, en buena parte, a que ellos no han representado los mejores intereses de sus electores y no han sido el contrapeso adecuado para el omnímodo poder del presidente de turno y que, casi siempre, no han sido más que un apéndice de la Presidencia, marionetas manipuladas por el ejecutivo con los vulgares hilos de corruptas prebendas o cargos. Una lección de las pasadas elecciones presidenciales fue el repudio absoluto a la politiquera corrupción. Lo decía Séneca: “Todo poder excesivo dura poco”. El presidente electo ha dicho que propondrá, entre otras cosas, la reforma tributaria, la reforma agraria, la reforma pensional, la reforma a la salud y muchas otras cosas más. Es evidente que fue electo para y por un cambio y que este es necesario. Sin embargo, no es conveniente para el país, ni para el gobernante de turno que el legislativo se pliegue ante los deseos del ejecutivo por la misma mermelada clientelista, cargos, o por unos denarios del erario público. Actuar así nos llevaría a todos, más temprano que tarde, a recorrer los caminos de algunos vecinos y a aquellos sombríos años que siguieron a ese 20 de julio de 2010, cuando inauguraron ese oscuro periodo sabiamente denominado la patria boba en que hasta murió la esperanza.

Lo decía Pascal: “La justicia y el poder deben unirse, para que lo que sea justo sea poderoso, y lo que sea poderoso sea justo”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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