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Ni Le Pen ni Macron entusiasman en la capital francesa de la abstención

Abdahim Elbaz está decidido. Este profesor de Vaulx-en-Velin, la ciudad donde la abstención batió todos los récords en la primera vuelta de las presidenciales francesas, no irá a votar el domingo, indiferente a los llamados que se multiplican a favor del centrista Emmanuel Macron para frenar a la extrema derecha.

"Si Marine Le Pen está donde está es que hay un hartazgo generalizado, la gente está desilusionada con la política", estima resignado este hombre de 45 años, padre de dos adolescentes, que creció en este lúgubre suburbio de Lyon (centro-este), mecha de una violenta revuelta popular en 1990.

Esta ciudad de 43.000 habitantes es conocida como una de las más abstencionistas de Francia, una reputación que se confirmó en la primera vuelta de las presidenciales del 23 de abril, en la que la abstención alcanzó 41,7%, 20 puntos más que la media nacional.

Y mientras que los llamados a frenar el ascenso del Frente Nacional de Marine Le Pen se multiplican de cara a la segunda vuelta, esta ciudad permanece indiferente.

Muchos piensan que "no sirve de nada ir a votar", admite Stéphane Bertin, consejero municipal.

Entre el programa social-liberal y proeuropeo del joven centrista Emmanuel Macron y el credo soberanista, antiinmigración y nacionalista de Le Pen, muchos prefieren simplemente no escoger.

Según las encuestas, 30% de los franceses podrían abstenerse en la segunda vuelta. "Se trata de una abstención políticamente motivada, de un mensaje casi ético, los electores no quieren asociar su nombre a ninguno de los dos candidatos", explica a la AFP Jérôme Sainte-Marie, del instituto BVA.

"Para mi Macron es una copia de Hollande, Francia necesita un verdadero cambio, y no es con un candidato como él que lo obtendremos", estima Fanny Jacquier, una empresaria de 37 años, que votó en la primera vuelta por Jean-Luc Mélenchon.

El líder de la izquierda radical, que encabezó la primera vuelta en esta localidad, con 38,52% de los sufragios, no dio ninguna consigna de voto. Jacquier contempla votar en blanco.

¿Eso no contribuirá indirectamente a que Marine Le Pen sea electa al Elíseo? "Si llega, llega. Tendremos que conformarnos", responde.

La reacción a la extrema derecha ha cambiado profundamente en Francia. En 2002, cuando Jean-Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las presidenciales, cientos de miles de personas salieron a las calles. Quince años después, la presencia de la extrema derecha genera mucha menos inquietud.

"Si es lo que quiere Francia [la extrema derecha en el poder, ndlr.], es catastrófico, pero no voy a votar sin convicción. Estoy harta", explica Marie Ange Michel, una jubilada de 65 años, también indiferente a los llamados a frenar a la ultraderecha.
   
Hartazgo generalizado


La abstención expresa también un hartazgo generalizado en esta ciudad compuesta de 60% de viviendas sociales, con un desempleo del 20% y un alto índice de criminalidad.

Pese a los millones de euros que las autoridades han inyectado en la renovación urbana, no han logrado frenar la desafección ciudadana. "La situación se ha degradado, la tasa de incivilidades es terrible", denuncia Bertin.

Sin contar que los habitantes se sienten desconectados del resto del mundo, comenzando con su metrópolis. El metro prometido para unir a este suburbio con la Lyon tiene una sola parada, a más de 30 minutos a pie del centro de la ciudad.

Los escándalos de corrupción y de presunto nepotismo que marcaron la campaña no pasaron desapercibidos en esta ciudad.

"Para mi todos son corruptos, todo están podridos, sería como elegir entre la peste y el cólera", declara Djallel, 22 años, ante un paupérrimo edificio de viviendas en el barrio popular de Le Mas du Taureau. Este joven ingeniero informático votará en blanco el domingo.

"Marine Le Pen me da un poco de miedo pero no eso no me motiva lo suficiente para ir a votar. Me da igual si gana", sostiene Khadija Dahou, una joven de 18 años, de origen argelino.

Sin embargo, la vida de esta joven, que va cubierta con un velo violeta de la cabeza a los pies, podría cambiar radicalmente si Le Pen gana la presidencia. La líder antiinmigración promete prohibir el uso del velo en los lugares públicos.




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