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De la frustración a la determinación: historia de un bachiller en Cartagena

Frente a las dificultades económicas y las expectativas académicas, un joven decide enfrentar los retos de seguir estudiando sin dejar de apoyar a su madre.

Ya está cerca diciembre, y mis amigos solo piensan en lo mismo: la fiesta de graduación está en boca de todos desde que inició el año escolar. Hoy fue nuestro último examen, y mis profesores ya me felicitaron.

Estoy en la lista de los que serán bachilleres. Me dicen que sí cumplí con todas las materias. Gané el año, mi último año escolar. Aún espero los resultados del ICFES. Sé que no fue tan malo, pero tampoco aspiro a ese puntaje excepcional. No me siento muy excepcional, menos sabiendo que no pasé en la universidad que quería. ( Lee también: 4 consejos clave para elegir tu carrera ideal).

Me lo confirmó hace apenas un par de días su lista de admitidos. Confieso que aún suelo ver la lista buscando mi nombre. Mi mamá está haciendo cuentas de más para que yo continúe estudiando. Pensé que se enojaría conmigo por no pasar, pero no fue así. Más que triste, la noto afanada por darme las chances que ella tanto quiso. Sí quiero estudiar, pero no así. No con ese estrés que veo en mi mamá por estos días.

Ella trabaja como enfermera, tiene tres turnos y aún sigue pagando la casa donde vivimos los dos. Lo que tenemos apenas es suficiente, y no encuentro cómo seguiría siéndolo si mi mamá tuviera que pagar mi educación por fuera. Tampoco quiero quejarme de lo que mi mamá nos construyó. Es suficiente, y en gran parte lo sigue siendo porque mi mamá pudo estudiar su carrera.

La empezó a los 30 años, cuando yo ya tenía ocho. Siempre estudió y trabajó. Y me cuidó bien; lo hizo muy bien. Es a quien más admiro, y me pesa sentir que no podré ser como

ella. Al menos no aún. No pasé, y por más que ella me insiste en que empiece con mi carrera -insistiendo en que ella buscará cómo pagarla- no quiero más cargas para ella.

Quiero estudiar, pero no así. Creo que mejor busco trabajo rápido. A lo mejor no soy tan bueno cómo para estudiar y trabajar como mi mamá. A lo mejor no merezco que alguien invierta en mí como lo desea hacer mi mamá. Mi mamá insiste en que todo está bien. Pero no, no quiero ser una carga. Quiero aportar la ayuda que mi mamá tanto merece. Así que mañana empiezo a trabajar, y ya después veremos...

Porque aún me siento una carga, una que sin la terquedad de un amor de madre, no pudiera cerrar esta historia contándote que hoy recibe su título universitario. No te mentiré, sí trabajé y apenas a la cuarta chance pude entrar a la institución que quería, en la carrera que quería y con una beca en la mitad de la matrícula. ( Lee también: 4 consejos clave para elegir tu carrera ideal).

Esta última nos permitió hacer mejores cuentas, a mi madre trabajar sin mayor estrés y a mí sentirme, más allá de la culpa injusta, feliz y por fin expectante a esa fiesta de graduación que antes no tuve.

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