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El día que Jairo ‘Totumo’ Romero le contó su vida a Cartagena

El popular cuidador de carros en el estadio 11 de Noviembre falleció a causa de un paro respiratorio.

La familia pelotera de Bolívar está de luto por el fallecimiento de un popular personaje de la ciudad. No es una estrella del deporte, tampoco un empresario o entrenador, se trata de Jairo ‘Totumo’ Romero Mosquera, quien por más de 20 años cuidó carros y motos en el parqueadero del estadio 11 de Noviembre Abel Leal. En noviembre de 2017 hablamos con él y esto nos contó.

“Amo tanto mi oficio que creo que cuando muera, seguiré penando aquí y cuidando carros. Tengo 20 años haciendo algo que nunca pensé hacer, pero vivo agradecido porque gracias a esto tengo un hijo policía y una secretaria”.

Esas son las palabras de un hombre agradecido con la vida. Su nombre de pila es Jairo Romero Mosquera, pero todos lo conocen como ‘el Totumo’.

Sí, les hablo del señor, de 71 años, piel morena, cabello blanco y contextura delgada que siempre usa gorra y una pañoleta en su hombro. Tiene la responsabilidad de cuidar los carros en el parqueadero del estadio de béisbol 11 de Noviembre, en la Villa Olímpica.

¡LA LEYENDA!

Tiene dos décadas en este oficio, al que llegó como dice el ‘Chavo del 8’: “sin querer queriendo”.

“Yo era jugador de baloncesto y era uno de los mejores. Me crié en el barrio San Diego y allí mostré mis habilidades. Llegué a estar en la Selección Bolívar, pero me casé y me tocó trabajar para mantener a mi esposa.

En ese tiempo los deportistas no ganábamos nada. También era soldador, pero se me enfermaron los ojos y no pude seguir en eso, así que me propusieron cuidar carros y aquí estoy”, le dice a EL TESO.

Ahora vive en el barrio Chiquinquirá y es todo un personaje del béisbol nacional. “Mire, si un beisbolista del departamento no me conoce a mí, déjeme decirle que ni es beisbolista, ni es famoso, porque yo tengo muchos años en este templo de peloteros”, asegura.

UN GRANDES LIGAS

Y lo dice con toda propiedad. ‘El Totumo’ le estrechó la mano a Julio Teherán cuando apenas comenzaba su relación con la lomita de arena en Comfenalco; vio el crecimiento del también lanzador Javier Ortiz.

A Dilson Herrera y Giovanni Urshela les dio uno que otro consejo y así se puede seguir hasta mencionar a todos los Grandes Ligas que tiene Bolívar.

“Ahora que son exitosos, llegan y me saludan con toda la sencillez del mundo, son generosos y hasta me han dado detalles. Yo me siento feliz, porque me recuerdan.

Un día, la Liga de Bolívar vino al estadio y trajo al pelotero dominicano Robinson Canó, segunda base de Marineros de Seattle, y bajó del carro y cuando me vio dijo ‘ombe, tu eres ‘el Totumo’, te quería conocer. Javier Ortiz me habló cosas muy bonitas de ti’, yo me sorprendí”, dice entre risas.

SU APODO

Cuando se le pregunta de donde viene su apodo, responde con una carcajada. “Es una historia curiosa. Cuando tenía 12 años y vivía en San Diego, había un patio con arboles frutales. Unos amigos y yo nos metíamos a ese patio para bajar mangos y ciruelas, pero un día, intentando salir corriendo porque venía el dueño, me cae en la cabeza un totumo y casi me mata, fue un golpe muy fuerte. Desde entonces me dicen así, es más, mi verdadero nombre casi nadie lo sabe”, apunta.

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LO MÁS TRISTE

La nostalgia lo embarga cuando se le pregunta por lo más triste que le ha pasado en su puesto de trabajo. “Hace dos años, estando aquí en mi labor, vinieron a decirme que mi hijo mayor había muerto. Era diciembre y la verdad aún me duele”, comenta Romero, quien vive con sus otros dos hijos. También comenta que le entristece el comportamiento de muchos jóvenes que “les gusta rayar carros e insultar a los mayores de edad”.

Durante su estadía como el ángel de la guardia del estadio, ha presenciado conciertos, torneos nacionales e internacionales, pero confiesa que lo que más le sorprende es el amor de los heroicos por el béisbol.

PARA SIEMPRE

“Esto es una pasión muy grande. Yo espero estar has ta el último día de mi vida en este lugar, pero espero que este parqueadero siempre sea recordado como mi segundo hogar, es más, quisiera que llevara mi apodo”, dice.

Ahora, dice sentirse un poco cansado, los años no pasan en vano y su cuerpo lo siente. “Cuando llueve me toca refugiarme en cualquier lugar, a veces me mojo y me enfermo, pero debo estar pendiente a mi sustento.

Antes comenzaba a trabajar a las 5 a. m., y terminaba a la hora que se acabaran los juegos, es decir hasta las 12 o una de la mañana. Ya no lo hago, ahora tengo un asistente. Yo estoy en la mañana y él en la tarde, cuando quiere me pasa algo de dinero para que lo deje aquí. A mi nadie me quita este puesto porque me lo gané con sacrificio y amor”, apunta entre risas y un gesto de satisfacción.

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